La violencia en Guatemala síndrome de una sociedad en crisis

Jairo Alarcón Rodas

Los sucesos que ocurren constantemente en nuestro país, denotan la crisis en la que se halla la sociedad. Problema que va más allá de los crímenes  rutinarios, que se extiende a todos los estratos de la sociedad y como una epidemia, se convierte en psicosis colectiva. Leer las noticias en los diarios, escuchar la información en la radio o ver lo ocurrido diariamente en la televisión, es trasladarse a una historia de terror donde la realidad supera la ficción. Y es que la violencia que se vive en Guatemala es producto de una sociedad enferma que manifiesta ineptitud de sus autoridades e indolencia por parte de la población.

Conscientes que, los seres humanos, somos agresivos por naturaleza, es de vital importancia canalizar esa agresividad en forma positiva, de modo que el impacto que puedan causar esas acciones no se conviertan en violencia y con ello, se deriven acciones que causen angustia, miedo, terror y sufrimiento. Construir un escenario donde cada individuo pueda desarrollarse dignamente, es lo que busca toda sociedad sana, cosa contraria sucede en nuestro país.

Sin duda, las condiciones en las que se desenvuelven los seres humanos influyen en su actitud frente a la vida. Como consecuencia, a mayores perspectivas de realización, mejor será el desempeño dentro de la sociedad. Contrariamente, en sociedades en las cuales sus habitantes sufren frustración, donde no hay oportunidades y, consecuentemente, limitaciones, la violencia irrumpe despiadadamente, manifestándose  a través de la envidia, la venganza, los odios, el crimen.

Los años de guerra en el país, la derrota de la izquierda en el plano militar y una victoria pírrica de la guerrilla en la mesa de negociaciones, ponen a la sociedad guatemalteca dentro de un escenario sumamente complejo. Defendiendo a la oligarquía explotadora, de las demandas hechas por los sectores marginados y expoliados del país, el ejército de Guatemala se convirtió en uno de los más sanguinarios del continente. Y para vergüenza de la historia, se dieron a la tarea de exterminar a la población indígena, cometiendo los actos más atroces que se hayan registrado en Guatemala, en la historia reciente del país.

Haciendo un poco de historia, a partir de la Conquista de América, con el Reparto y la Encomienda, la tierra en Guatemala, fue arrebatada a sus legítimos dueños creándose así, los latifundios y no sólo eso, se explotó e invisibilizó a la población indígena. Más tarde, en la época Independiente, gobiernos liberales y conservadores repartieron la tierra, dentro de sus correligionarios, a su sabor y antojo. Por ejemplo, en la dictadura de Jorge Ubico, se distribuyeron títulos de propiedad de la tierra a parientes y amigos cercanos al dictador, creando aún más conflicto dentro de la sociedad guatemalteca. La tierra se le arrebató, tiránicamente, a sus legítimos dueños, a los sectores indígenas. Con ello, ésta se concentró, aún más, en pocas manos. Se estima que 0.4 % de la población guatemalteca, tiene el 75 % de la tierra productiva del país.

A raíz de la usurpación de la tierra, los campesinos fueron obligados a vender su fuerza de trabajo y a sufrir la explotación, marginación, miseria y hambre. Plegados a los intereses de los terratenientes, con el pretexto de salvaguardar la soberanía del país de ideologías extrañas, el ejército de Guatemala inicia a principios de los años sesenta la lucha contrainsurgente. Coincidentemente en ese momento se libra en el mundo la crisis más aguda de la guerra fría, que confrontó a los Estados Unidos y a la Unión Soviética. El conflicto armado en Guatemala ya no sólo competía a los habitantes de este país. Se escenificaba  en suelo guatemalteco una guerra de bajo nivel, por el control, por parte de las superpotencias, de Latinoamérica y, consecuentemente, del mundo.

De ahí que, como en otras regiones del mundo, las superpotencias pusieron las armas y desde luego los guatemaltecos, los muertos. El escenario fue cruento y las máquinas humanas destinadas a matar, fabricadas en el laboratorio de destrucción llamado, Escuela de las Américas, en Panamá, que fueron perfeccionadas en la Escuela de Kaibiles en Guatemala, tiñeron de sangre, nueva y mayoritariamente, a la población indígena. Hechos reiterativos en el mundo que envilecen la condición humana, que sin duda, no son potestad de una nación, de una circunstancia histórica, más bien son producto de la insipiencia de la especie, que apenas está comenzando a caminar en el desarrollo socio-histórico de su existencia.

La violencia se ha instalado en Guatemala y como todo proceso social, tiene un componente histórico que hay que contemplar. Pero a la vez, se nutre y crece en un escenario propicio, donde las asimetrías sociales, que persisten en el país, que traen como corolario el malestar y la frustración, son sus detonantes. La miseria es sinónimo de hambre y con éste, limitaciones de todo tipo proliferan. Consecuentemente, si en un escenario como ese, vive un ser agresivo, como los son los seres humanos, el resultado es la violencia, el envilecimiento, la destrucción de los valores constructivos y la crisis social que vivimos.

Los acuerdos de paz, firmados en diciembre de1996, entre el ejército y la URNG, dejaron cuentas pendientes para la paz efectiva en el país. Y es que, cuando se crean individuos cuya convicción de lucha no es la propia. Es decir, si no se sabe por qué se pelea, por qué se combate, los sujetos no son más que máquinas de destrucción, instrumentos para matar que pueden emplearse en cualquier conflicto, por injusto que éste sea. Y desde luego la motivación económica, constituye el principal aliciente, pudiendo ser empleados, por el crimen organizado. Las partes que firmaron los acuerdos de paz no pensaron en la reinserción de los individuos, que formaron parte del conflicto, a una sociedad de paz, ni mucho menos se tomaron el cuidado en pensar si es factible transformar a esos individuos y desde luego, cómo hacerlo. Muchos de estos quedaron a la deriva, sin empleo y dentro de un escenario propicio para generar violencia.

Por ello, crear las condiciones para que surja una sociedad sana, donde el respeto por la vida sea el valor preponderante, tendría que ser la labor de todo guatemalteco. Una sociedad donde en vez de la trillada expresión bíblica, ojo por ojo, diente por diente, se terminen con las asimetrías sociales y con ello, las oportunidades para la realización plena de todo individuo, se hagan efectivas. Y la construcción de valores humanos, a través de una educación que fomente las actitudes críticas, que faculte  a todo individuo, para hacer la diferencia entre lo que es valor y precio, conocimiento y creencia, amor y engaño, sean una realidad.

Los guatemaltecos tenemos que dejar atrás las creencias de que sólo la violencia contrarresta la violencia, que justicia es sinónimo de linchamiento, que la solución a nuestros problemas está en los cielos y que la naturaleza humana, bajo cualquier circunstancia, se corrompe con el dinero. Por el contrario, el escenario donde se desenvuelven los individuos es de vital importancia, consecuentemente el ser humano es lo que se le enseña y aprende a ser. Valores honestos y solidarios, junto a actitudes  críticas y reflexivas, darán por resultado seres más confiables.

De ahí que una sociedad, donde germinen valores humanos y consecuentemente, se brinden oportunidades para el desarrollo pleno a las personas, valorará la vida y no la muerte. En una sociedad justa, donde cada quien esté en el lugar que le corresponda y la educación se convierta en motor liberador de la ignorancia, la agresividad humana se encausará por derroteros positivos y el ascenso a lo humano tendrá cabida.

La responsabilidad de la paz en Guatemala no está en los cielos, está en las actitudes de cada guatemalteco, en el abandono del culto a la muerte por el amor a la vida y la garantía de los satisfactores esenciales para todos.

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