El fin de la Universidad

César Antonio Estrada M./PúblicoGT

Un tema que debería estar siempre presente en la conciencia universitaria es nuevamente objeto de la atención pública, a saber, el fin de la Universidad. Y para no hablar en abstracto sino tomando en cuenta las circunstancias históricas y sociales, debemos enfocarnos en la Universidad en Guatemala, ubicada en el entorno centroamericano y, por extensión, latinoamericano. ¿Por qué es necesaria la Universidad Nacional en nuestro país?, ¿cuál es su fin?, ¿lo serán los estudiantes, la formación de profesionales, la investigación, la extensión social, o será algo más? En este trabajo quisiera recordar y elaborar sobre lo que otros universitarios como Ignacio Ellacuría1 y Rafael Cuevas del Cid2 expresaron, que el fin ultimo de la Universidad en nuestros países es coadyuvar universitariamente, es decir desde la cultura, a la emancipación individual y colectiva de nuestros pueblos.

A estas alturas, después de que tanta agua ha corrido en Guatemala y en el mundo, después de las décadas de esperanza revolucionaria que se iniciaron en 1960 y concluyeron con la firma de los Acuerdos de Paz idealmente firme y duradera, luego de la caída del socialismo estalinista en la finada Unión Soviética y en Europa del Este, y ante la acometida imperialista neoliberal que ya lleva varios lustros en acción con toda su cauda de violencia, individualismo, corrupción y desmoralización, pareciera cosa de locos o de gente que habita en otro mundo, hablar de pueblo, de educación para la liberación, de emancipación humana y social, de ciencia hecha con conciencia, de responsabilidad hacia los demás, como miras de la Universidad, y no de lo que el mercado o, más precisamente el capital, espera de ella con el objeto de aumentar sus ganancias, seguir reproduciéndose y mantener su sistema de exclusión y explotación. En verdad, luego de tantos años de oír y ver por doquier la eficaz propaganda del pensamiento único, el que un día proclamara el fin de la historia, es necesario hacer un esfuerzo para sacudirse las ideas, los antivalores y los esquemas mentales que el ingente aparato ideológico del poder económico ha estado machacando por medio de los medios de comunicación masiva, y los organismos internacionales y sus “expertos”, para hacernos creer que no hay otra forma de hacer las cosas, que la gente, especialmente los marginados, no cuentan, y que lo único que podemos hacer es seguir las pautas que ellos nos marcan, entrar en el macabro juego del sálvese quien pueda, o simplemente languidecer hasta la extinción, quedar afuera del tecnificado mundo moderno y del futuro.

Desde sus orígenes, las clases dominantes han hecho de Guatemala un país o una semicolonia excluyente, basada en la pigmentocracia, los prejuicios raciales, la discriminación de género y la violencia, donde quienes principalmente mantienen al Estado son los estratos medios y populares, es decir, la clase trabajadora. Aquí no se cumple aquello de que “el que paga es el que manda” pues quienes no tributan lo que deben, la burguesía oligárquica al servicio de la metrópoli, son precisamente los que determinan el rumbo de la sociedad y, por ende, los responsables de la terrible e insoportable situación nacional. ¿Qué papel puede o debe cumplir la educación superior, la Universidad, en estas condiciones históricas?

Las universidades como instituciones educativas son necesarias para el funcionamiento de las sociedades modernas. En general, en los países centrales o considerados desarrollados, se encargan de la formación de los profesionales y de la investigación que dará lugar a la elaboración de las técnicas que son indispensables para la producción de mercancías y el ordenamiento social. Esto, empero, no es suficiente en nuestros países dependientes donde la mayoría de la población apenas tiene los medios materiales para subsistir, carece de acceso a la educación y a los bienes culturales, y ha sido económica y políticamente excluida, privada de decidir su destino. La Universidad latinoamericana como buscadora y promotora de la verdad no puede estar de espaldas a esta realidad o, peor aún, contribuir al mantenimiento de este statu quo donde una minoría abusa de los demás, coarta sus derechos fundamentales e impide las transformaciones necesarias para el avance social. Es más, siendo fiel a su naturaleza universitaria, en el desarrollo de sus quehaceres debería coadyuvar a la superación de este estado de cosas.

¿Cómo puede justificarse que sea la población marginada y explotada, su liberación y superación, el fin de la actividad universitaria? Hay varias razones fundamentales. Una es de naturaleza ética y se relaciona con el afán indagador y cognoscitivo propio de la Universidad. El saber, el conocimiento de la realidad natural y humana de nuestro medio nos lleva a darnos cuenta del tipo de vida que llevan nuestros compatriotas: por un lado las grandes mayorías donde uno de cada dos niños sufre de desnutrición, donde la tierra es patrimonio mal habido de unos pocos y está vedada a quienes la precisan para trabajarla y alimentarse, donde la gente se encuentra en la disyuntiva de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario exiguo que no alcanza ni para lo básico o de emigrar precariamente a los Estados Unidos; por otro lado, la clase dominante, la burguesía oligárquica y atrasada que con sus agentes controla el Estado e impide a los demás la posibilidad de un mínimo desarrollo material, humano y social. Como institución, la Universidad no puede permanecer neutral ante esta situación y, sin trastocar su identidad, debe ser consecuente con lo que le dice su conocimiento y optar por la justicia –hermana de la verdad–, es decir, ayudar con sus labores a transformar esta situación.

Otra razón se desprende de considerar quiénes son los verdaderos creadores de la riqueza del país, los productores a quienes se les aliena su trabajo para dar vida a la economía nacional y en quienes recae la mayor carga tributaria. Son precisamente los marginados por el sistema, los que no tienen voz pero sí un voto ilusorio, los más necesitados de que las cosas cambien para mejorar. ¿No es, acaso, natural que la Universidad responda a sus necesidades? Además, son ellos los que realmente la mantienen.

Finalmente, a las dos razones anteriores puede agregarse una de carácter teórico y con valor heurístico y, por ende, de gran relevancia en las labores universitarias, a saber, que para investigar y conocer la realidad nacional el punto de vista, la perspectiva desde donde se contempla la sociedad y la naturaleza, “el punto que da verdad” –en palabras de Ellacuría– es el de las mayorías desposeídas, quienes experimentan, viven, o más bien, sufren más de cerca el peso material de la vida. Podría argumentarse que las disciplinas más técnicas pueden llevar a cabo sus tareas sin preocuparse por un punto de vista o por otro, pero si son practicadas en la universidad deberán estar en armonía con el espíritu y con los fines de la misma, aun cuando conserven su autonomía científica.

Si se propone como fin ultimo de la Universidad la liberación y la superación de las marginadas mayorías populares cabe preguntarse cómo se compaginaría esto con la educación superior, la creación, conservación y transmisión del saber, la comunicación y fertilización ideológica mutua con el pueblo, es decir, con las típicas labores universitarias de docencia, investigación y proyección social. Contra lo que podría pensarse según los cánones y las modas neoliberales que campean en Guatemala, lejos de cualquier incompatibilidad, el fin propuesto promueve, favorece y potencia los quehaceres de la Universidad. Si consideramos la docencia, ésta ya no podrá limitarse a una pretendida neutralidad política y simplemente ser transmisora de conocimientos para graduar profesionales útiles al sistema de dominación sino que se ocupará de promover la conciencia propia, el pensamiento reflexivo y crítico, la creatividad en todo sentido y la inquietud por buscar las formas de superar la trágica realidad nacional. La investigación, asimismo, se puede ver estimulada por la urgencia de conocer nuestro entorno natural –fisicoquímico y biológico– e histórico-social con el objeto de proponer soluciones –y, principalmente, tratar de que sean llevadas a cabo– a los acuciantes e inveterados problemas que enfrenta nuestro país. La proyección social –que va más allá de la extensión o del servicio social– entendida aquí en el amplio sentido de ser la función que pone a la Universidad como totalidad en relación directa con las fuerzas y los procesos sociales, vería acrecentar su importancia y se conectaría más eficazmente con el proceso educativo y con la investigación universitaria.

Aun reconociendo que este tema reclama la reflexión, la discusión e incluso el debate amplio y respetuoso en el mundo universitario, puede concluirse que la Universidad en un país como Guatemala, entonces, no se puede cerrar sobre sí misma, olvidarse de la gente que la rodea y del mundo en que está inmersa, y creer que ella misma constituye su propio fin. Todo lo contrario, su finalidad última la trasciende y es precisamente la realidad nacional, su transformación, es decir, la liberación y la superación de las mayorías populares. Las actividades del Alma máter como casa de educación superior, ciencia, arte y cultura se ven fortalecidas y adquieren sentido cuando están en armonía con este noble y elevado fin. Ahora que, como resultado de la toma de las instalaciones universitarias del año pasado, se adquirió el compromiso de reformar la Universidad se hace indispensable tomar en cuenta ideas como las aquí expuestas para que no sean los intereses sectoriales, ya sean institucionales como facultades, escuelas o centros de investigación, o personales como profesores, estudiantes, egresados o trabajadores administrativos, los que terminen imperando independientemente –y quizá hasta en contra– de las responsabilidades y del fin último de la Universidad.

1 Ellacuría, Ignacio, Escritos universitarios, UCA Editores, El Salvador, 1999.

2 Cueva del Cid, Rafael, Autonomía, en relación con fines y objetivos de la Universidad, USAC, Guatemala, 19–.

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