Los jóvenes en las calles y el secuestro de la democracia

Boaventura de Sousa Santos

Carta Maior

En los próximos tiempos, las élites conservadoras europeas, tanto políticas como culturales, tendrán un choque: los europeos son gente común y, cuando están sujetos a las mismas provocaciones o frustraciones por las que han pasado pueblos de otras regiones del mundo, en lugar de reaccionar a la europea, reaccionan como ellos. Para estas élites, reaccionar a la europea es creer en las instituciones y actuar siempre dentro de los límites que imponen. Un buen ciudadano es un ciudadano de buen comportamiento y éste es el que vive cercado por las instituciones.

Dado el desarrollo desigual del mundo, no es de prever que en un futuro próximo los europeos padezcan las mismas provocaciones a las que han sido sometidos los africanos, los latinoamericanos o los asiáticos. Pero todo parece indicar que pueden ser víctimas de las mismas frustraciones. Formulado de maneras muy diferentes, el deseo de una sociedad más democrática y justa es hoy en día un bien común de la humanidad. El papel de las instituciones es el de regular las expectativas de los ciudadanos para evitar que el abismo que media entre ese deseo y su cumplimiento no sea tan grande como para que la frustración alcance niveles perturbadores.

Ahora se observa un poco por todas partes que las instituciones existentes están realizando peor su papel vez más difícil contener la frustración de los ciudadanos. Si las instituciones existentes no sirven, es necesario reformarlas o crear otras. Hasta que esto ocurra, es legítimo y democrático actuar al margen de ellas, pacíficamente, en las calles y plazas. Estamos entrando en un periodo postinstitucional.

Los jóvenes acampados en la plaza de Rossio Lisboa y las plazas de España son las primeras señales de la emergencia de un nuevo espacio público —la calle y la plaza— donde se discute el secuestro de las actuales democracias por los intereses de minorías poderosas y se apuntan los caminos de construcción de democracias más sólidas, más capaces de salvaguardar los intereses de las mayorías. La importancia de su lucha se mide por la ira con la que cargan contra ellos las fuerzas conservadoras. Los acampados no tienen que ser impecables en sus análisis, exhaustivos en sus denuncias o rigurosos en sus propuestas. Les basta con ser clarividentes en la urgencia de ampliar la agenda política y el horizonte de posibilidades democráticas, y genuinos en la aspiración de una vida digna social y ecológicamente más justa.

Para contextualizar la lucha de las acampadas y acampados, son oportunas dos observaciones. La primera es que, al contrario de los jóvenes (anarquistas y otros) de las calles de Londres, París y Moscú al inicio del siglo XX, los acampados no lanzan bombas ni atentan contra la vida de los dirigentes políticos. Se manifiestan pacíficamente y a favor de más democracia. Es un avance histórico notable que sólo la miopía de las ideologías y la estrechez de los intereses no permite ver. A pesar de todas las trampas del liberalismo, la democracia entró en el imaginario de las grandes mayorías como un ideal liberador, el ideal de la democracia verdadera o real. Es un ideal que, si se toma en serio, constituye una amenaza demoledora para aquellos cuyo dinero o posición social les ha permitido manipular impunemente el juego democrático.

La segunda observación es que los momentos más creativos de la democracia rara vez ocurrieron en las sedes de los parlamentos. Ocurrieron en las calles, donde los ciudadanos indignados forzaron los cambios de régimen o la ampliación de las agendas políticas. Entre muchas otras demandas, los acampados exigen la resistencia a las imposiciones de la troika para que la vida de los ciudadanos tenga prioridad sobre las ganancias de los banqueros y especuladores; el rechazo a la renegociación de la deuda; un modelo de desarrollo social y ecológicamente más justo; el fin de la discriminación sexual y racial y de la xenofobia contra los inmigrantes; la no privatización de bienes comunes de la humanidad, como el agua, o de bienes públicos, como el servicio de correos; la reforma del sistema político para hacerlo más participativo, más transparente e inmune a la corrupción.

Pensando en las elecciones legislativas portuguesas por no hablar de ellas. ¿No es cierto?

Artículo original del 1 de junio de 2011.

Fuente:http://www.cartamaior.com.br/templates/materiaMostrar.cfm?materia_id=17862

Traducido para Rebelión por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas
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