El alemán tranquilo y el emperador desnudo

Por Iñigo Sáenz de Ugarte
Guerra Eterna

Cuando Miami Heat consumó su victoria sobre los Celtics, LeBron James puso una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. Parecía que la estrella quería detener el tiempo y tener una pausa para asimilar la alegría. En la pista y delante de todas las cámaras, desde luego.

Dirk Nowitzki hizo algo muy diferente al acabar el partido que daba a Dallas Mavericks el anillo de campeón. En vez de quedarse en la pista y dejar que todas las cámaras le enfocaran, se fue rápidamente al vestuario. Es de suponer que quería estar consigo mismo, echar unas lágrimas y prepararse para la entrega del premio. Desde luego, no iba a comenzar a pegar saltos.

Esta vez LeBron no claudicó ante los pesos pesados del Este como lo hizo cuando jugaba en Cleveland. No se escondió ante los Celtics. Sus penetraciones en los minutos finales fueron perfectas. Sus triples entraron. Parecía que había dejado atrás esa imagen de jugador que se achanta en el momento decisivo. Pero llegó la final ante Dallas y el equipo construido para ganar el anillo se hundió con él. En el momento decisivo, ese jugador extraordinario se escondió como un cobarde.

Quizá Dwight Wade, la auténtica superestrella de Miami, estaba disminuido por el golpe que recibió en un partido anterior. Tampoco es que Nowitzki estuviera libre de percances. En los dos primeros cuartos, tuvo un 1/12 que hubiera matado a cualquier otro jugador. Siguió intentándolo porque no podía borrarse, no podía desaparecer, a pesar de que otro jugador, Jason Terry, estaba ocupando su sitio en la anotación sin ningún problema.

No es lo mismo que se puede decir de LeBron James.

Los que piensan que el baloncesto, incluso en la NBA, es un deporte de equipo han tenido que recibir con inmensa alegría la victoria de Dallas. Los Mavericks son un equipo que siempre ha tenido buenas plantillas, al menos en los últimos años, pero que nunca suscitaba el interés de los especialistas. Siempre agradables de ver, con un baloncesto alegre y ofensivo, pero no muy imaginativo, no parecía que pudieran hacer frente a los equipos que, cuando llegan los play-off, bajan el culo al suelo y se ponen a defender como si fueran criminales de guerra.

Esta temporada, resultó distinto. Continuaron teniendo al alemán tranquilo como estandarte ofensivo pero a su alrededor tejieron un equipo que no vendía camisetas, pero que tenía el equilibrio perfecto entre ataque y defensa. Por Dios, hasta defendían muy bien en zona, que es una cosa… europea.

“No se trataba de nuestro poder de las estrellas de alto vuelo“, dijo el entrenador de los Mavericks, Rick Carlisle. “Vamos, ¿con qué frecuencia tenemos que oír hablar del reality show LeBron James? ¿Cuando la gente va a hablar de la pureza del juego y de lo que estos chicos han hecho? “

Los Mavericks no estaban en el negocio del reality show. No tenían pinta de aparecer en los anuncios de Nike. ¿Jason Kidd? Todo el respeto del mundo, pero 17 temporadas sin un anillo. ¿Nowitzki? Tremendo anotador, pero nada que hacer ante la aristocracia de la Liga. ¿Terry? Gran tirador, pero nadie va a tener miedo a un jugador que sale del banquillo. ¿Pivots? No se puede decir que Chandler haya tenido una trayectoria deslumbrante en su carrera.

Pero este año han formado un gran equipo.

¿Cómo se sabe eso? No por los ‘highlights’, los resúmenes de las jugadas más espectaculares. Ni por el número de jugadores que algún día llegarán al Hall of Fame. Ni por los mates inauditos o jugadas imposibles.

Una buena forma de apreciarlo es ver lo que hacen en el momento de la verdad. Hay una estadística que no está nada mal. Entre el segundo y el quinto partido, los Mavericks anotaron 60 puntos por 26 de los Heat en los últimos seis minutos de todos esos partidos. ¿Hace falta decir algo más?

Ese topicazo de ‘fuerza de la naturaleza’ es perfecto para definir a James. Es un jugador excepcional. Junto con Wade, no puede fallar siempre. Los Heat ganarán un anillo, y probablemente más de uno. No esta vez. El espectáculo lamentableque dio LeBron al abandonar Cleveland y la presentación de la nueva plantilla de Miami garantizaron que el equipo se convirtiera en el más odiado de América. El desenlace ha sido una forma de justicia poética que muchos habrán agradecido.

Si era necesario algún detalle más para confirmarlo, James y Wade lo sirvieron cuando montaron un numerito para burlarse de las toses de Nowitzki, del que se dijo que tenía 39 grados de fiebre en la mañana de uno de los días de partido. Luego, le echaron la culpa a la prensa por el escándalo que se montó, faltaría más. Por último, James escribió él sólo un capítulo en el manual del mal perdedor con sus declaraciones posteriores a la derrota ante Dallas: “All the people that was rooting on me to fail, at the end of the day they have to wake up tomorrow and have the same life that they had before they woke up today”.

Traducción: sois unos mierdas, tenéis unos empleos de mierda y yo soy multimillonario.

“This is the King”, dice a veces LeBron cuando llama a alguien por teléfono. Y como decía alguien, la NBA ha descubierto que el emperador está desnudo. Mientras no respete a los rivales, no tendrá ninguna opción. Nunca creerá que necesita mejorar su juego para ganar.

Su triste realidad es que no es (o aún no es) el nuevo Michael Jordan. Ni siquiera es el nuevo Scottie Pippen.

Debería comenzar a trabajar como lo ha hecho el alemán tranquilo durante 13 temporadas.

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