Vaciar el lenguaje

Por Mariano González . magopsi@yahoo.com.mx

Hablar, y en general, actuar con otro, implica de manera fundamental, una relación de con-fianza, es decir, de fianza recíproca: creer que el otro dice la verdad al igual que yo. Hay una razón muy poderosa para esto: la incertidumbre es regla en la relación humana. La comunicación, al nacer de la intimidad, es inverificable. Se pueden conjeturar las intenciones del otro, pero no existe seguridad. Por ello,

“La buena relación entre dos personas está basada en este principio de veracidad supuesta que puede enunciarse así: mientras no se demuestre lo contrario creo que me dices la verdad, que me eres sincero” (Castilla del Pino, C. 2009: 120).

Se insiste: aunque mucho de la comunicación humana no es verificable (o falsable, en términos de Popper), creemos que las personas dicen la verdad (aunque se esté en el error, pretenden, o pretendemos, ser veraces). A partir de esa creencia fundamental se construyen las relaciones humanas. Desde la palabra que le damos al niño hasta la promesa del enamorado existe la creencia de que se es sincero en lo que se dice. En el fondo, cuando se habla no sólo se hace referencia a un objeto, sino también al propio emisor se coloca como garante de lo que habla.

No puede menos que pensarse, en esta hora de política mendaz, que lo que los políticos ofrecen es, además de absurdo, una práctica que socava la confianza en el lenguaje. Es posible que una corrupción también fundamental de la política tenga que ver con la corrupción del lenguaje, es decir, con las mentiras y los engaños que los políticos hacen cuando están en campaña y cuando ejercen el poder de forma fetichista (E. Dussel). Y conste, no es moralismo, sino convivencia: el hecho que vivimos junto a otros y esa convivencia se sustenta en la creencia que el otro es sincero, al igual que yo.(i) Las relaciones entre personas no pueden darse si no se puede confiar en el otro. Y los políticos enseñan que no se puede confiar en ellos o, más grave, las instituciones en las que se encuentran (es más grave porque, quiera que no, vivimos incardinados en un mundo institucional…a menos que, y esto provocaría otras instituciones, haya una transformación revolucionaria).

No sé hasta qué punto esta práctica política pueda tener efectos en otros ámbitos de la sociedad, pero es indudable que los políticos, en tanto que ejemplo, en tanto que figuras públicas, contribuyen al vaciamiento del lenguaje. Las mentiras y los engaños sistemáticos, vía lenguaje, ejercen un efecto perverso en el lenguaje: no se cree en lo que se escucha. En este sentido, las campañas políticas no son inocuas. Hacen daño: contribuyen a pervertir el lenguaje.

Se miente con total impunidad. No hay reclamo de responsabilidad por lo que se ofrece. Baldizón puede decir que en el primer mes de su gobierno se cumplirán 10 ejecuciones, sin que se le mueva un engominado cabello. Lo dice y no le pasa nada. Expresiones como “Yo amo a Guatemala. Soy patriota” o “Por ti Guatemala, yo acepto” son enunciados vacíos, que desgastan el significado de las palabras. ¿Cómo volver a usar las palabras que se emplean de esta manera de modo que recuperen algo de su significado original, que sean de nuevo efectivas o capaces de conmover o alentar?

No es extraño, entonces, que la confianza en los políticos y en las instituciones sea bastante pobre. No hacen mucho para ser confiables. Al contrario, los políticos hacen para revelarse como embusteros profesionales. Lo más grave es que contribuyen a destruir la confianza en la comunicación humana y en la práctica política partidaria que, en última instancia, significa la construcción de proyectos, la posibilidad de dar sentido a la convivencia.

Bibliografía

Castilla del Pino, C. (2009) Conductas y actitudes. Barcelona, Tusquets Editores, S.A.


(i) Sería también una mentira decir que no se dicen mentiras. Pero estas son excepciones no generalizables. La universalización de la mentira sería el fin de las mentiras, pues pretenden ser creídas. Con esto también se daría el fin de la comunicación.

www.albedrio.org

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