Aldea hipócrita

Manuel Pérez Rocha

La tarea de escuelas, universidades y maestros para lograr que los estudiantes trabajen con entusiasmo es compleja y ardua, pues el medio social y cultural en el que viven los jóvenes y los niños es totalmente adverso a la educación: el conocimiento, la ciencia, la cultura, no tienen lugar en la vida individual y social cotidiana de la mayoría; los modernos medios de comunicación imponen la imagen por encima de la palabra; la palabra escrita es reducida a su mínima expresión (correos electrónicos, mensajes por el teléfono móvil, Twitter, breves notas en las presentaciones con Power Point). La televisión, la radio, los videojuegos y otros artefactos, además de transmitir obsesivamente los peores antivalores morales, cívicos y estéticos, generan la necesidad viciosa de estímulos continuos, incesantes, quebrantando la tranquilidad requerida por el pensamiento reflexivo, analítico y crítico.

En el mundo entero hay una gran preocupación por la incapacidad de niños y jóvenes para concentrar su atención en el estudio y la lectura, al grado de que este fenómeno ha sido convertido en una patología global creciente: el ADS (síndrome de déficit de atención). Thomas Armstrog, un especialista en este tema, dice de la televisión: “Tras sus comienzos a finales de la década de 1940, la televisión perfeccionó rápidamente sus recursos para ‘captar la atención’ del público a fin de obtener altos ratings y vender productos. De hecho, los anunciantes y los productores de programas gastaron millones de dólares para aprender técnicas destinadas a modificar la atención de los televidentes: colores brillantes, sonidos fuertes, jingles pegadizos y, sobre todo, rápidos cambios de imágenes. Con el tiempo, los anunciantes aprendieron que los televidentes se habituaban a determinado ritmo y método de presentación, por lo que se requería algo más nuevo y rápido para retener su atención”.

Después de analizar casos concretos, Armstrong concluye que “estamos viviendo en una ‘cultura del tiempo de atención breve’, en que la información se brinda en rápidos pantallazos antes que en episodios más largos y reflexivos”. Contra esta abrumadora cultura y los perniciosos hábitos que genera, tienen que trabajar estudiantes, maestros, escuelas y universidades. ¿Puede extrañarnos el fracaso de la enseñanza de la lectura? Ante la falta de atención y concentración de los alumnos, irresponsables directivos escolares, azuzados por criminales comerciantes de medicinas, resuelven el problema recetando a diestra y siniestra a los niños la ahora famosa Ritalina, droga con efectos desastrosos, en ocasiones irreversibles.

Pero la televisión no es inevitablemente un enemigo de la educación. Un espléndido ejemplo lo da el Centro Nacional de Documentación Pedagógica de Francia (CNDP), el cual (además de otras muchas importantes tareas educativas) publica semanalmente por Internet la revista Teledoc, “un clic –dice su presentación– y la televisión se torna pedagógica”. Antes de Internet, esta revista se publicaba en papel, ¡y se distribuía semanalmente a todas las escuelas de ese país!

Cada semana, explica el CNDP, esta institución selecciona, antes de que se difundan, diversas emisiones de televisión en las que la calidad de realización, la riqueza de información y el carácter pedagógico las hacen merecedoras de ser conocidas por el mundo educativo. Documentales, películas, obras de teatro y otras creaciones culturales son analizadas con cuidado por especialistas del centro, quienes elaboran guías para su uso en el aula o para aconsejar a los estudiantes que las vean en sus casas (sin duda estos especialistas no incluirían en sus recomendaciones las telenovelas que tanto entusiasman al secretario Lujambio).

El ejemplo opuesto lo presenta el famoso y funesto Canal Uno de Estados Unidos (ahora extendido a otros países). Este es un negocio de miles de millones de dólares. Todas las mañanas, a más de 8 millones de estudiantes de secundaria de ese país, antes que otra cosa, se les impone la atención a programas supuestamente educativos producidos por esa empresa. Los programas, de corta duración (15 o 20 minutos), son interrumpidos reiteradamente con publicidad de comida chatarra, ropa de marca y otras mercaderías. Para la producción de estos programas se han gastado grandes cantidades de dinero destinado a investigar cómo hacer efectiva la publicidad comercial, y han tenido éxito. Una investigación reciente descubrió que los estudiantes beneficiados recuerdan mucho más los productos comerciales anunciados que los contenidos educativos. Con toda razón, algunas autoridades educativas estatales (como la de Nueva York) han prohibido este negocio en las escuelas. No sorprende que la epidemia más grande de ADS se dé en Estados Unidos y que la educación en este país esté como está.

Cuando la televisión, la radio, la prensa y otros medios están dominados por el afán de lucro de los comerciantes, hacen de los televidentes, radioescuchas y lectores receptores intelectualmente pasivos y acríticos, destruyen las actitudes y habilidades necesarias para el desarrollo educativo y hacen todo por convertirlos en clientes adictos a comprar, poseer y ostentar. Si estas adicciones son frustradas por la carencia de dinero, sus clientes encuentran remplazo cada vez menos difícil en otras adicciones.

Repitamos el proverbio africano que reza para educar a un joven es necesaria la cooperación de toda la aldea. Nuestra aldea, tanto la local como la global, está fallando gravemente en el cumplimiento de esta responsabilidad. Es esquizofrenia, o hipocresía, que quienes lucran vorazmente con la televisión, la radio y la prensa, deformando a niños y jóvenes, descalifiquen la tarea de las escuelas y los maestros. Sin un cambio radical en dichos medios, los resultados de la educación serán siempre insatisfactorios.

La Jornada México

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