G-20: una visión desde China

Jorge Eduardo Navarrete

El 19 y 20 de mayo se celebró, en el SIIS (Shanghai Institute for International Studies), y con el patrocinio de la FES (Friedrich Ebert Stiftung), fundación vinculada al Partido Social Demócrata alemán, un seminario para discutir, entre una docena de ponentes, invitados a título personal y provenientes de no menos de 10 países del G-20 (Grupo de los 20), las expectativas de la cumbre de noviembre próximo en Cannes de este principal foro para la cooperación económica y financiera multilateral, como se autoproclamó en Pittsburg. Dediqué mi anterior artículo a discutir los déficit de representatividad y legitimidad (R&L) que afectan al G-20, tema de la ponencia que presenté y que resultó, quizás, el asunto más controvertido de la reunión. Como más adelante se detalla, la opinión dominante fue que, en efecto, existe para el G-20 –como para el G-7, que se reúne esta semana en Dauville– un claro déficit de R&L.

Sólo tres participantes expusieron puntos de vista oficiales de su país o institución de procedencia: los de Francia, Rusia y la UE (Unión Europea). Un atolondrado funcionario del consulado general de Francia, que sustituyó a última hora a una viceministra del Tesoro, fue encargado de exponer el punto de vista de la presidencia del G-20. Sembró la impresión de que el presidente Sarkozy se aproxima a la cumbre de Cannes convencido de que marcará un hito, un antes y un después en la historia, y no sólo de la cooperación financiera multilateral. Un ejemplo de la desmesura de las expectativas francesas: Alcanzar cuatro objetivos: mejorar la coordinación de las políticas económicas (supervisión, tipos de cambio); reducir la necesidad de acumular reservas; vigilar y comprender mejor las corrientes internacionales de capital, y asegurar la aparición de nuevas monedas internacionales. Al mismo tiempo, la presidencia francesa se propone impedir el retorno a los tipos de cambio fijos; que se ponga en cuestión el papel del dólar, y que se establezcan amplios controles de capital.

Se hizo notar que las muy diversas reacciones nacionales ante la Gran Recesión, que no puede seriamente darse por superada, dificultan en gran medida una coordinación efectiva de políticas entre países que persiguen objetivos de corto y mediano plazo muy diferentes. La supervisión del FMI nunca ha sido simétrica y las acciones de coordinación cambiaria parecen, sobre todo en este momento, en extremo improbables. Muchos países continuarán acumulando reservas mientras no se confíe en los programas multilaterales de ajuste y éstos sigan siendo recesivos e impulsores del desempleo. ¿Cómo va a asegurarse la aparición de nuevas monedas internacionales, es decir, monedas de reserva? El Tesoro francés no puede decretarla. Si surgiesen, ¿cómo impedir que se alterara el papel del dólar? Mientras no se ponga coto a los movimientos especulativos no parece razonable impedir que los afectados, economías emergentes en su mayor parte, adopten medidas defensivas ante sobrevaluaciones excesivas, controlando en la medida necesaria los flujos de capital, como ya lo hace Brasil, entre otros. Igualmente alejados de la realidad se hallan los objetivos en materia de regulación financiera. Mientras el funcionario francés hablaba de que la cumbre del G-20 asegurará una compensación estandarizada en los mercados de derivados, algunos participantes leíamos la nota principal del Financial Times de la fecha, que informaba que semana a semana aumentaban los obstáculos, a ambos lados del Atlántico, para alcanzar un acuerdo efectivo en esta materia.

El participante por Rusia arribó a Shanghai desde Río de Janeiro, donde había acudido a una consulta sobre la actitud que el BRICS asumirá en Cannes. Indicó que los cinco países habían decidido actuar, ante el G-7, como intermediarios de los restantes países del G-20, con el fin de determinar qué políticas y acciones en favor de las economías emergentes resultarían aceptables para las naciones más ricas. Participantes de otros países del G-20 hicieron notar que, aunque podría ser deseable que hubiera propuestas unificadas de los países no desarrollados, no resultaba razonable suponer que éstas debían originarse en el BRICS, aunque, desde luego, sus puntos de vista serían bienvenidos, para discutirse en pie de igualdad de cualquier otra propuesta.

Como arriba señalé, el asunto de la R&L del G-20 resultó el más controvertido. Algunos participantes europeos señalaron que el G-20 es bien visto por naciones no participantes, que se muestran dispuestas a seguir los lineamientos que adopte. Se mencionó el caso del grupo de economías pequeñas que encabezan Singapur, Suiza, Qatar y Chile, así como el de europeos que, a diferencia de España, no se sienten compelidos a participar en forma directa. Se arguyó también que un grupo más representativo y, por tanto, más amplio, sería menos eficaz. Lo esencial, mencionó un parlamentario filipino, es que el G-20 obtenga un mandato formal, sea de la ONU o de los organismos financieros, y que sus integrantes sean, formalmente, representantes de regiones o grupos de países con intereses comunes, los insulares por ejemplo. Sin mandato legal y sin una fórmula clara de representatividad, el G-20 continuará careciendo de autoridad política para hacer valer sus conclusiones. No importa que éstas sean correctas, también deben surgir de un formato acorde al derecho internacional.

Desde Washington en 2008 y hasta ahora, el G-20 ha actuado, de manera informal o, si se prefiere, en forma ad hoc, como comité impulsor de acciones ante la crisis y ha jugado un papel, en general, positivo. Aunque inclinado a privilegiar los intereses de las naciones avanzadas, cuyos puntos de vista predominan en los debates, ha reconocido la creciente interdependencia económica global; aunque más proclive a atender las dificultades financieras que los problemas de la economía real, ha contribuido a una reactivación más o menos generalizada, insuficiente para abatir el desempleo. Después de Cannes, el G-20 deberá convertirse en un comité impulsor de la gobernabilidad global, económica, social y financiera. Para ello deberá subsanar su actual déficit de R&L. Quizá resulte necesario crear una nueva institución, como el propuesto Comité Económico Global.

No se discutió si la presidencia mexicana del G-20 en 2012 estará a la altura de estas exigencias, que reclaman imaginación, capacidad de propuesta y liderazgo. Tres características por completo ausentes de la desdibujada actuación de México en el G-20.

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