Desde el útero

Gerson Ortiz
Hace muy pocos días me encontré inmerso, sin quererlo así, en una conversación entre dos mujeres adultas. A penas tuve posibilidad material para voltear y enterarme de sus edades, ver sus caras, sus manos, su ropa. En su diálogo, aquellas mujeres se quejaban de sus circunstancias actuales, lo cual me aludió en primer lugar como hijo, en segundo como individuo (hombre) y en tercero como ser pensante y por lo tanto llamado a la transformación de la realidad social, cultural y política de mi contexto y mi historia, para lo cual este ejercicio de escribir me parece un vehículo inicial.

Reproduzco, a continuación, aquel diálogo:

Mujer Primera. “…lo peor de todo es que crecen y no les probás nada”

Mujer Segunda: “Ni mierda. Saulito desde que se casó una o dos veces me ha invitado a comer algo rico y por iniciativa de la casera.

Mujer Primera: “Si, son unos malagradecidos los cerotes, para qué putas los parís, no saben lo que duele… (a partir de aquí me alejé de aquellas mujeres y madres, pero no porque lo quisiera).

Debo confesar que de inmediato me sentí digno de sus insultos, un fiel merecedor de sus improperios y reclamos circunstanciales porque no entré dentro del “modelo” que ellas concebían como quizá un “hijo ideal”, pero reflexioné también en sus palabras y consideré que independientemente de cómo, según ellas (y un buen número de hombres y mujeres de nuestra sociedad), deberían ser las relaciones de condescendencia de los hijos hacia los padres y/o madres; el principio de autodeterminación (que no excluye ni la sexualidad ni la cultura) sigue siendo medular para humanizar el pensamiento.

Es un hecho que la propia autodeterminación (por paradójico que parezca) se ve influenciada (y por lo tanto presionada) por lo cultural dominante. Es decir que ningún ser social será “objetivamente” autor de una autodeterminación objetiva, condición que funciona como un aliciente para la necesaria emancipación del ser, hombres y mujeres. No obstante, el de las segundas es además de necesario URGENTE.

El valor de urgencia lo atribuyo a dos aspectos: el primero es que en la actualidad lo cultural dominante (me refiero con esto a una cuestión abstracta y no concreta) es lo masculino, este atributo deviene en el segundo aspecto, el cual se refiere al “orden simbólico de la madre”.

(Hago una breve paréntesis para apuntar que con esto no pretendo hacer planteamientos “objetivos” y definitivos sobre las cosas, más bien me limito a plantear mis propias experiencias de vida las cuales están abiertas a otras opiniones).

Vamos con lo primero: existen varias definiciones de cultura, una de estas se refiere a ella como una “herencia”, y abarca tanto lo material como las ideas, esto último contienen procesos, costumbres y valores que se van transmitiendo socialmente. Pero hay una que la define como un “mecanismo” que determina los modos de comportamiento, esta última es la más lesiva, sin embargo, ambas están teñidas por concepciones falócratas del mundo, por lo tanto el rol de la mujer es pensado, definido y hablado por el pensamiento construido exclusivamente por hombres, lo cual “naturaliza” el estado actual de las relaciones entre hombres y mujeres y determina, por lo tanto, la “naturaleza” (valga la redundancia de términos) de las mujeres independientemente de sus derechos sociales.

El segundo aspecto es sumamente complejo: el “orden simbólico de la madre”, entiendo este como una explicación filosófica que se refiere a que la experiencia más importante y determinante para un ser humano o humana es la vida en los primeros meses de vida fuera del útero, en los cuales la relación con la madre tiene un valor imprescindible que dura hasta nuestra muerte.

Luisa Muraro, postulante de la anterior teoría, afirma: “Aprendemos a hablar de la madre o de quién esté en vez de ella, y lo aprendemos no como algo adicional ni separado, sino como parte esencial de la comunicación que tenemos con ella”, así que aunque lo masculino (por los padres) influye en el lenguaje (vehículo principal del pensamiento), este siempre será, según esta teoría, filtrado por la madre, pero esto es olvidado o ignorado (o subsumido en todo caso) por hombres y mujeres, que excluyen a la madre del papel que ejercen para la construcción de humanidad en la sociedad en la que coexistimos. Tal es el caso del diálogo que describí al principio.

Con lo anterior intento exponer (qué difícil está siendo esto) la importancia de esa condición humana inexorable (la del orden simbólico de la madre) en el que se desarrollan las significaciones semiótica y simbólica del lenguaje, por lo que creo que la maternidad debería superar lo “natural” para anexionarse con lo existencial.

Intento plantear que veo dos condicionantes para la maternidad, la primera es la “natural”, que responde a sus exclusivas condiciones biológicas para tener hijos o hijas. La segunda, la existencial, la cual tiene relación con la libertad y responsabilidad individual como un derecho sexual inalienable de las mujeres.

Entonces, invirtiendo el orden de mis propias ideas: siendo el papel del madre tan esencial en la vida humana, la condición de esta no debería ser sólo el producto de las limitaciones “sociales” atribuidas por la cultura patriarcal, la maternidad debe ser necesariamente un acto de emancipación femenina, pero también nos incluye a los hombres, por tal razón planteo todo esto, pues me siento parte de ese proceso aunque sé que jamás voy a ser capaz de sentir, pensar, etcétera, como una mujer.

Concluyo apuntando que en el diálogo en el que Platón hizo un planteamiento sobre el amor, llamado “El Banquete”, participa una mujer llamada Diotima (quien construyó por sí misma lo que el filósofo publicaría como propio) que planteó que: “sólo el sabio reconoce la diferencia entre la procreación física y la espiritual”.

Platón escribió más tarde que había dos tipos de amor, el físico y el espiritual, el primero trata de preservar a la persona y alcanzar la inmortalidad a través de la “descendencia”, el segundo da luz a ideas y pensamientos.

Reivindico aquí, con lo anterior, a todas aquellas mujeres comprometidas con las ideas, ya sea desde su ideología como en la creación de arte para la construcción de un mundo menos injusto. Creo fundamental que las mujeres ofrezcan al mundo su propia visión de él, porque eso también contribuye a que los hombres podamos ser más libres.

Ante estas reflexiones me vuelvo a sentir pueril y con una inmensa necesidad de renunciarme, de arriesgarme a no decir nada y a vivir con tan pocas palabras que no voy a poder sino regresar al útero y reaprender a vivir para reconstruir este mundo…

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