Matar el arte, matar artistas, matar la cultura

Mario Castañeda/PúblicoGT

mariocasta73@yahoo.com

Escribir no es solamente un ejercicio de reflexiones varias sino de trasladar, habiendo procesado a través del cuerpo, parte del momento histórico que se vive. Escondidas en el fondo de la tinta y el papel y, hoy, en la imagen virtual, subyacen todo tipo de razones para trasladar una opinión a través de un medio escrito.

La vertiginosa fluidez informativa se ensaña contra la memoria y sus vínculos con el pasado y el presente. Ello provoca que emitir opiniones se confunda con libertad de expresión. Muchas de ellas, sin fundamento. Ideas ahistóricas y suposiciones mecánicas de interpretaciones raquíticas.

Así, con esas características encuentro las burdas palabras escritas de John Carroll S., en un escrito intitulado “Artistas protestando por más pisto”, publicado el 12 de mayo en el vespertino La Hora ( http://www.lahora.com.gt/notas.php?key=85775&fch=2011-05-12 ). El mismo deviene en una serie de señalamientos solamente comparables con la censura medieval.

Su malestar porque los artistas protesten contra el gobierno por el legítimo reclamo de que no se reduzca el presupuesto asignado al Ministerio de Cultura y Deportes, carece de argumento. Señala a los artistas como un “grupo de presión”. De serlo, tendrían la capacidad de decidir el destino del país como lo hace el sector exportador guatemalteco.

Latente es su anticomunismo expresado en el miedo a “agremiarse” o “asociarse”. No deja en la cuneta su concepción jerárquica y verticalista de entender a los artistas como posibles actores que anhelan convertirse en “palanca política”. Su señalamiento como arribistas reproduce la idea de corrupción que está latente en nuestros imaginarios.

Considerar al otro, al diferente como una clase aparte expresa, por un lado, el intento que subyace en su discurso por homogeneizar el pensamiento; por otro, la necesidad de colocar en estratos distintos a quienes no encuadran en la lógica de su pensar, sobre todo, a gente que hace arte que, como sabemos, perciben y reflejan el mundo de una manera distinta. Les ve exentos de derechos. Su concepto de ciudadanía, sin duda, no es ni mínimamente primario.

Luego aflora su pertenencia de clase. Justificándose en terceras personas aduce el eterno problema de los impuestos. Le preocupa que estos cuya recaudación es escasa por parte del Estado se utilicen para la cultura. Su extracción social no le permite ver que quienes más evaden al fisco son los mismos que tienen históricamente sumido al país en el atraso y la violencia. Para ello se prende cual sanguijuela de, supongo, un ser ficticio llamado “Doña Panchita”, y le endosa las consecuencias a las personas empobrecidas cuando las causas están, como afirmaba Severo Martínez, en La Patria del Criollo.

Su patética idea de “Nación” está desligada de toda reflexión crítica. Es un compilado de adjetivos “cool” que relaciona torpemente con su gusto por el arte. Para él, “Guate”, como le llama la mayoría de gente afín a un sentimiento chapín cuya historia desconocen, es ese espejito urbano cuyos únicos problemas son la violencia y los impuestos. “Guate”, frase de acomodados que expresa el Estado fallido que tenemos y un sentimiento de aferrarse por actitud y no por pertenencia histórica a una suerte de símbolos patrios de clara fabricación militarista, cafetalera y liberal.

Escribe sobre un “daño” a la nación, como si esta no fuera el cúmulo anudado desde el pasado, cuya territorialidad y ordenamiento social es el constructo de clases: el verdadero daño apañado bajo la paisajística criolla. Y en esa idea inconsistente de nación, contradictoriamente, vierte su hígado contra el famélico Ministerio de Cultura y Deportes de manera aparentemente directa, pues, la catapulta con letras de fuego se cierne sobre quienes trabajan en el arte y la cultura. Solamente le faltó descuartizar a la contracultura que por lo visto, creo, no la conoce.

Además, su discurso falto de sentido deja al margen los artículos de la Constitución Política de la República referidos al derecho a la cultura (57, 59, 63 y 65). Esto lo fortalece con su consecuente omisión de por qué se debe acudir a servicios de salud privados porque el Estado no tiene la capacidad de cumplir con su mandato constitucional. Se le olvida rotundamente la privatización de servicios básicos desde la década de 1990 con las Políticas de Reajuste Estructural impuesta por organismos financieros internacionales y de países económicamente poderosos. Todavía tiene el descaro de victimizar a “Doña Panchita” pagando servicios médicos privados con el dinero que “suda, gana y tributa”. Le endilga a ella el sentimiento de tener que pagar impuestos. Su falacia ad misericordiam es patética.

La existencia de este tipo de personas justifica la urgencia de fortalecer al Ministerio de Cultura y Deportes, además del de Educación. Es pertinente que se evite que aumente la presencia de este tipo de personas pues actúan con impunidad bajo el supuesto de ser periodistas o intelectuales con voz en los medios. Una cosa es la libertad de expresión y otra es abusar del derecho a opinar.

Por otra parte, no es de extrañar que este tipo de opinionismo barato se de en medios que están siendo absorbidos por empresarios vinculados a la histórica cadena de poder económico. Los mismos que están copando espacios importantes para vedar todo esfuerzo de pensamiento crítico. Es la reproducción del neoliberalismo como ideología que refuerza la práctica económica y sus consecuencias sociales. Es llevar a sus últimas consecuencias la deshumanización en beneficio del capital como parte de las relaciones sociales expresadas, particularmente, a través del trabajo, pero complementadas con el adormecimiento tecnológico del presente.

Ante ello, solamente el pensamiento crítico, entendido éste como la reflexión constante y el planteo alternativo identificando las manos invisibles y sus operarios políticos y comunicacionales, es el que permitirá reducir su avanzada ideológica.

No se trata de afrontar el embate neoliberal desde el dogma ideológico sino desde el posicionamiento crítico libre de encasillamientos trasnochados pero contundente e integral en tanto la totalidad articula los procesos propios de nuestro momento histórico. El reto es grande, más si se permite que pseudo columnistas como Carroll escriban con la impunidad que su condición y los irresponsables dueños de los medios informativos les brindan, no tardaremos en ver el exterminio del arte y la cultura, no digamos de los escasos referentes de pensamiento crítico.

Guatemala, mayo 18 de 2011.

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