Ética, geopolítica y razón de estado

Raúl Zibechi
La convergencia de las diversas crisis en el escenario global y su
impacto en la región latinoamericana no dejan de proyectar sombras y
opacidades que imponen profundizar debates, de modo muy particular
sobre cómo promover los proyectos emancipatorios en un momento de
profundos virajes geopolíticos. En los últimos días, y de modo
simultáneo, asistimos a la conformación de la Alianza del Pacífico
entre Chile, Colombia, México y Perú, y la entrega de Joaquín Pérez
Becerra, director de la agencia Anncol, por el gobierno de Hugo Chávez
a la Colombia de Juan Manuel Santos.

La impresión es que estamos viviendo un retroceso de los gobiernos
vinculados a la Alba y la simultánea profundización de la estrategia
estadunidense para frenar el ascenso de Brasil en Sudamérica y, sobre
todo, poner piedras en la alianza estrecha que está soldando con
China.

Como describe el economista Óscar Ugarteche, la Alianza del Pacífico
nacida en Lima pretende revivir los objetivos de la extinta ALCA con
base en los TLC que Estados Unidos tiene firmados con los cuatro
miembros, aunque aún está pendiente de aprobación el tratado con
Colombia. Es, ciertamente, un pacto contra el Mercosur y la
integración regional, y de modo más explícito contra el Consejo de
Defensa Sudamericano, que avanza muy lentamente. Es un modo de frenar
a Brasil y su creciente hegemonía regional. Pero es también el mejor
camino para remachar la vocación de exportadores de minerales de esos
países, que los convierte en campos de operaciones de las grandes
multinacionales mineras y, por lo tanto, en sociedades extremadamente
desiguales y polarizadas, sin industria ni ampliación del mercado
interno.

El 5 de julio deben reunirse los presidentes de los 32 países que
integran la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, nacida
en febrero de 2010 como la primera alianza de toda la región sin la
presencia de Estados Unidos y Canadá. Heredera del Grupo de Río y de
la Cumbre de América Latina y del Caribe sobre Integración y
Desarrollo, tiene prevista una reunión de ministros de Finanzas en
mayo para diseñar mecanismos de comercio sin la utilización del dólar,
para crear “un sistema monetario, financiero y económico que desde
América Latina se fortalezca desarrollando las capacidades necesarias
para integrarse al mercado en condiciones de igualdad y beneficio
mutuo en la construcción de un mundo pluripolar”, según el canciller
venezolano Nicolás Maduro (Aporrea, 30 de abril).

Es evidente que toda tendencia encuentra su resistencia, y que
Washington no podía dejar de tomar iniciativas en el patio trasero
ante su creciente pérdida de protagonismo, ante un futuro inmediato en
el que lo más probable es la profundización de la crisis de su
economía y del dólar como moneda de reserva global. En el escenario
interestatal de aguda disputa hegemónica, donde cada pieza que se
mueve es observada en detalle por cada uno de los gobiernos, las
elecciones en Perú son el elemento más importante a tener en cuenta en
las próximas semanas.

Nadie ignora lo que está en juego. La revista brasileña Isto E
entrevistó a Ollanta Humala sobre si la carretera interoceánica entre
Río Branco, en el estado de Acre, y Puerto Maldonado, en la selva
peruana, contribuirá al desarrollo de ambos países. La respuesta del
candidato presidencial fue transparente: “Brasil necesita un socio
estratégico en este lado del Pacífico y creo que Perú es el socio
ideal para cumplir ese papel” (Isto E, 20 de abril). Pero los puertos
del Pacífico son estratégicos también para el comercio de China con
Sudamérica, país que se ha convertido en el segundo socio comercial de
la región y en el primer socio de Brasil, desplazando a Estados Unidos
del lugar preferencial que ocupó casi todo el siglo XX.

En este escenario, las relaciones entre Colombia y Venezuela vienen
experimentando cambios importantes desde que Santos llegó al Palacio
de Nariño. Nada cambió en Colombia: la guerra sigue su curso mientras
el modelo neoliberal se profundiza con un Plan de Desarrollo 2011-2014
que profundiza el despojo a pueblos indígenas y campesinos. Pero hay
un cambio en la política exterior, un cambio cosmético pero que le
permite pasar a la ofensiva ante sus vecinos. A la elección del ex
izquierdista y ex sindicalista Angelino Garzón como vicepresidente se
suma el nombramiento de María Emma Mejía como secretaria de la Unasur,
cargo que comparte con el ministro venezolano de Electricidad Alí
Rodríguez para suceder al fallecido Néstor Kirchner.

Además de haber sido canciller y ministra de Educación, Mejía tuvo su
paso por el izquierdista Polo Democrático Alternativo, lo que
consolida la estrategia de Santos de desmarcarse del uribismo en su
política exterior para mostrar una cara más amable. En ese nuevo clima
se produjo la deportación de facto de Pérez Becerra a Colombia, sin
debate, sin juicio, obedeciendo sólo a una más que discutible razón de
Estado. Todo indica que el periodista, acusado de vínculos con las
FARC, fue víctima de una maniobra de Santos y de un cálculo de
intereses de Chávez. El proceso bolivariano no atraviesa su mejor
momento y las elecciones de diciembre de 2012 pueden ser la
oportunidad que busca la oposición desde hace más de una década.

La razón de Estado y los intereses geopolíticos pertenecen a familias
diferentes a los valores éticos de izquierda. Los primeros se guían
por el pragmatismo, que es el arte de la política para conquistar o
conservar el poder. La ética guía la acción colectiva para ir más allá
de lo que tenemos, teniendo como norte la preservación de los
colectivos humanos y no humanos, eso que llamamos naturaleza. En
ciertos momentos puede haber coincidencia de intereses entre ambas
lógicas. Pero lo que caracteriza la política ética es que nunca pone
por delante los pequeños intereses, en general individuales, y las
mezquindades grupales. Salvo que se mire el mundo desde arriba, no
existe política sin riesgos, sin poner en juego en cada acción todo lo
conquistado hasta ese momento.

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