My name is crisis

por Marc Masmiquel/ PúblicoGT

Hagamos un ejercicio de imaginación: una especie de foto fija del planeta. Entonces, imaginemos. La sociedad mundial como tal no existe, pues somos más bien un conjunto de organismos inconexos, que viven en sus casas inconexas, con sus trabajos inconexos. Lo que nos conecta es un tipo de comportamiento similar. Gracias a nuevas ataduras de la acumulación (de dinero, de lo material, de las preocupaciones…) vamos amoldando nuestros sueños a lo que es posible. Pero “lo que es posible” se reduce a la dictadura del mercado y “algo invisible” nos hace preocuparnos por lo mismo de la misma manera.

Abordar los problemas globales de otro modo es quizá la revolución. Toda actividad creativa fuera de un contexto amplio, no dejan de ser meros adornos a lo que ya existe. Por esto necesitamos avanzar hacia algún tipo de Inteligencia Colectiva real. Este libro, por su naturaleza colaborativa parece invitar a que de un “modo molecular” vayamos exponiendo reflexiones, expresiones e ideas hacia un horizonte común.

Crisis de un modelo, crisis de un sistema insensato, crisis de no creer que todo efecto genera una reacción. Ahora el sistema monetario mundial pone en evidencia lo evidente para los pensadores radicales, para los ciudadanos que , sólo nos queda simplificar, hacer más con menos, ser más frugales, usar nuestras manos, usar nuestra energía, sentir que el mundo es el organismo del que nosotros somos parte, ser dignos y pensar en el futuro haciendo en el presente el mayor complot posible contra el dinero, poderoso caballero, pero ante todo un sistema de creencias, basado en el miedo a la pérdida.

En la última reunión del G-20 en el Reino Unido, los gobernantes han vuelto a otorgar al comercio un papel crucial para la recuperación de la crisis… con nuevas inyecciones de capital, 250 mil millones de dólares para reactivar los intercambios comerciales. Pero este tipo de electro-shock es otra vergonzosa táctica para que las cosas sigan al ritmo del sistema monetario mundial de la usura.

Lo que está en crisis es: el sistema de la usura, y por lo que a mi respecta podemos acabar con el, por una vida más simple y satisfactoria. Yo busco armonía, no riqueza abstracta.

Cerca de mil millones de personas viven en chabolas, en las villas miseria, las slum cities… Steward Brand el mítico editor de The Whole Earth Catalogue (el catálogo mundial previo a la era Internet), plantea que las ciudades son organismos vivos. Centremos el tema: hace doscientos años el 3% de la población terrestre vivía en ciudades; 14% en 1900; casi la mitad de toda la población mundial lo está haciendo hoy; y en el 2030 dos tercios de los casi ocho mil millones de habitantes que habrá vivirán en densas ciudades. Es claramente una metástasis urbana.

La metamorfosis global obedece a una miopía contagiosa, donde el dinero como concepto y la acumulación como búsqueda personal dibujan un territorio donde los centros de poder van haciendo esto posible. Resumiendo: vivimos en un sistema enfermo, que genera cosas y necesita que estas cosas circulen y se cambien por dinero. Pero el dinero se polariza y acumula y la población mundial no puede acceder a lo básico. El hundimiento de la auto-organización creativa es otro de los problemas asociados. Hace falta por tanto investigar cómo aunar una red de inteligencias colectivas. No es teoría, es pura práctica.

Cada semana llegan a las ciudades de todo el mundo cerca de un millón de personas, provenientes de las áreas rurales. Casi 70 millones anualmente. A este ritmo, o hacemos evidente lo que hay que hacer o el drama seguirá generando dolor, aquí y allá.

La evolución de los mercados capitalistas necesita de indicadores para saber cómo poder vender. El denominado “índice del Báltico” mide el coste de los fletes para las materias primas. Este índice se hundió un 92% en el 2008. Todo esto constata que el hundimiento del comercio mundial actual en 2009 “es mayor del que se registró en 1930” afirma el economista Barry Eichngreen. Pequeños detalles anuncian grandes cambios, los armadores mundiales tienen previsto dejar más de un millar de buques de contenedores fondeados, anclados a puerto en los próximos meses. Una cifra récord desde la crisis del petróleo.

En este contexto sólo con inyecciones de capital a entidades privadas se quiere darle un poco más de vida al sistema de créditos y préstamos… pero con estas medidas sólo alejamos algo imparable, un colapso más grande que llegue a detener, al final, el suministro de energía.

Si los defensores del sistema son pragmáticos, me pregunto yo, ¿por qué “la resistencia” no lo es? Necesitamos enfocar dónde se desmorona el sistema. La pregunta es: ¿quiénes ganan y quiénes pierden?. La respuesta es: los que acumulan ganan, los que no tienen opción pierden. El culpable conceptual: el dinero especulativo, es decir, el dinero acumulable. La solución: poner en marcha sistemas paralelos que no dependan del dinero. Eso es inteligente, eso precisa de un cambio de percepción profundo, eso implica notar que no es con protestas, sino con propuestas. A este nivel el diseño sólo puede ser aplicado, sólo puede ser solucionador, sólo debe ser transformador, no debe aportar ni un gramo más de objetos inútiles. Los diseñadores debemos aplicar este análisis, al igual que los artistas, ya no es quejarse el modo, el modo es arrimar el hombro.

Muchos pueblos del mundo son expoliados por este sistema, quizá sea hora de detener la máquina, pero la máquina la llevamos todos encima, por lo que no sólo será sacar el dinero de los bancos, sino hacer cosas sin necesitar dinero. Si con una túnica, sandalias y unas uvas los filósofos vieron el problema que acumular podría desencadenar, ¿no podemos luchar por una vida más simple y justa para todos?  Al principio habrá que ser valientes, y hacer ver lo que los medios no muestran: que la crisis la llevamos encima, y ese potencial nos hace a todos verdaderos transformadores de lo que conocemos con un sencillo: “yo, no participo”.

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