La Flexi-sexualidad

Svetlana Kolchik

Luz. Cámara. Acción.

Aquí estamos mi amiga y yo.

Salimos a cenar a un exquisito restaurante en Le Bristol, uno de los exclusivos hoteles históricos en el centro de París. Viernes por la noche y el restaurante está lleno. Mientras caminamos hacia nuestra mesa, arregladas y tratando no tropezar con los tacones, siento como giran las cabezas, con miradas y susurros.

Nos ponemos nerviosas, pero un poco, ya que ambas estamos experimentadas con salir en Moscú que es una Feria de las Vanidades mucho mayor que París. Así que sabemos bien que más que todo atraemos la atención del contingente femenino.

Los hombres están demasiado ocupados con sus fois gras, ternera ecológica y langostinos. Y en cuanto mi amiga y yo alcanzamos nuestros asientos y estamos a salvo, nos unimos al coro de susurros imprudentes, chismorreando sobre los atavíos, maquillaje, parejas y en total el comportamiemto de las mujeres que están alrededor.

Por raro que parezca, a la hora de vestirnos y maquillarnos queremos impresionar ante todo a otras mujeres. Lo hacemos para competir unas con otras y para recibir atención y opiniones objetivas o no tanto. Científicos dicen que normalmente, los hombres ven a la mujer en su totalidad, mientras que las mujeres somos capaces de notar cada accesorio de nuestra homóloga, hasta si sus pendientes van bien con el esmalte de uñas y la bolsa.

Hace poco he leído una entrevista con Scarlett Johansson, una actriz joven y talentosa y una de las mujeres más atractivas, donde confesó que le agrada más la admiración por parte de otras mujeres. “Si entro en la habitación y ninguno de los hombres me presta atención, no importa, pero si las mujeres tienen sus ojos clavados en mí, eso significa que hice un buen trabajo con mi estilo”, dijo.

Y si a la hora de salir, la encantadora Scarlett Johansson se preocupa en lo que otras mujeres piensan de ella, pues a nosotras, es misma opinión nos interesa  mucho más.

Y no hay nada sexual en esto. O casi nada. Según recientes estudios, las mujeres pueden tener más debilidad por sus homólogas de lo que piensan.

Lisa Diamond, profesora adjunta de sicología y estudios de género de la Universidad de Utah, acaba de acuñar el término “flexi-sexualidad”, y muy oportuno, según mi opinión.

En su libro del año 2008 “Fluidez Sexual: Entender el Amor y el Deseo de las Mujeres” (“Sexual Fluidity: Understanding Women’s Love and Desire”), afirmó que muchas mujeres modernas que se consideran absolutamente heterosexuales, por razones biológicas, socio-culturales y sicológicas, resultan ser mucho menos rígidas o más flexibles en su sexualidad que los hombres.

Diamond insiste en que las mujeres modernas pueden cambiar con facilidad sus preferencias sexuales durante la vida, y tener cariño y hasta relaciones con otras mujeres. Una de la razones es la mayor tolerancia social a las parejas lesbianas (aunque no sea el caso de Rusia) y una naturaleza más calurosa y fisicamente más táctil de la amistad femenina.

Además, es la cultura pop que da fama a las relaciones sexuales femeninas. Por ejemplo, la canción popular de Katy Perry “I Kissed a Girl (and I Liked It)” (“Besé a una chica y me gustó”) o el beso de Madonna a Britney Spears durante la entrega de MTV Music Awards (ciertas celebridades rusas siguen la moda de dar un beso francés durante ceremonias nacionales.) Y la misma Scarlett Johansson con la divina y sensual Penélope Cruz en la reciente película de Woody Allen, Vicky Christina Barcelona.

Hablando francamente, estas revelaciones no me han sorprendido. Es posible que no manifestemos la flexi-sexualidad en el comportamiento, pero la mayoría de nosotras estamos enlazadas unas con otras en una competición de belleza. Las mujeres siempre hemos sido interesadas y hemos disfrutado de lucir, pero hoy en día las industrias de belleza y de moda, principales vehículos del consumismo moderno, instigan nuestro deseo de competir una contra otra como locas.

Aquí hay un componente erótico también. Con casi una década de colaboración para una revista lustrosa femenina, me di cuenta de que en cierta medida nosotras, chicas, siempre nos vemos tentadas y seducidas por…otras chicas. Las mujeres preciosas nos fascinan desde las portadas de revistas, anuncios y avisos publicitarios. Las imágenes con las modelos, perfectamente maquilladas, casi siempre muy erotizadas y con frecuencia inclinadas al juego con el mismo sexo.

No obstante, creo que ellas nos embelesan y estimulan casi tanto como nos hacen inseguras de nosostras mismas. Resulta demasiado estresante competir con las chicas de la portada. Y lo veo especialmente desafiante en Rusia, donde las mujeres en búsqueda de su identidad tienden a tomar muy en serio esta competencia.

Me parece que aquí la moda nos lleva no tanto a tolerar las uniones del mismo sexo ni a nosotras mismas, sino que a una competencia más feroz entre todas las mujeres, con lo que a veces llegamos a casos extremos en búsqueda de aprobación y perfección. Los estandares de belleza se hacen cada vez menos alcanzables y el deseo de tener buena apariencia se covierte en religión.

¿Y por qué no disfrutamos de nosotras mismas? No importa lo mucho que apreciamos la impresión en otras mujeres, más que todo valoramos la voz masculina que nos dice “Estás muy linda esta noche”.

Tomado de Ria Novosti

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