¡Muerte por desnutrición!

Por Carlos Aldana Mendoza

Siguen siendo frecuentes las informaciones periodísticas sobre el riesgo alimentario y la desnutrición en las áreas más pobres de nuestro país. No nos acostumbremos a ellas. o no volvamos irrelevante la información sobre esa problemática tan vergonzosa para un país como el nuestro.

Pareciera que empieza a ser una información tan repetitiva que ya no nos alarma, asusta o indigna. Y sin embargo, para quienes vivimos en otras áreas y en otras condiciones, no puede ni debe ser lejano que, por ejemplo, una niña llamada Petrona Beatriz Pérez, de 8 años, haya muerto la semana pasada por desnutrición. Es decir, no por una enfermedad difícil o complicada de resolver, ni por una situación accidental. ¡No!, murió por un factor —ya estructural— que es prevenible, que sólo expresa la negación sistemática de derechos humanos. Murió porque no hemos sabido, como sociedad y como Estado, esforzarnos en crear las condiciones básicas y mínimas para que el alimento y la salud sean una constante, real y significativa, en todo habitante de nuestro territorio. Y este es sólo un ejemplo reciente de algo muy significativo en nuestra realidad.

La indiferencia, el desinterés o la apatía que mostremos ante esta grave problemática nos hace a todos corresponsables del drama más terrible en nuestro país. Porque en la medida que la indiferencia nos aleja de un esfuerzo por comprender por qué sucede, en esa medida impide nuestras exigencias para que se cumplan las políticas y acciones públicas para prevenirlo y combatirlo. No es suficiente que nos esforcemos como trabajadores honrados y dignos por el alimento de nuestros hijos. Una niña que muere porque no tuvo para comer es una “hija de todos” que ha sufrido la peor de las negaciones en esta vida. Y si es una “hija nuestra”, lo que le ocurra es una responsabilidad que no podemos rehuir.

Así que lo primero, pero no suficiente, será que tengamos presente —con comprensión crítica y con ternura— que hay niños y niñas muriendo por la carencia alimentaria derivada de su extrema pobreza. Sé que se reaccionará con expresiones como que “es culpa de los padres por traer tantos hijos al mundo”, “son haraganes que no trabajan lo suficiente para la comida de sus hijos”. Díganle eso a un niño o una niña a la que el estómago ya ni le duele porque no come, díganle eso cuando está acabando su vida por no tener comida. Díganle eso a las víctimas de esta gigantesca injusticia que, insisto, nos debe avergonzar a todos sin excepción. Indignémonos, sintámonos ofendidos y avergonzados, reaccionemos de las formas que sea.

Pero está claro que los entes decisores y ejecutores de la política pública están más que obligados a responder por esto, incluidos los que pretenden ocupar los cargos públicos. Exijámosles que dejen de pensar en votantes y piensen en seres humanos de carne y hueso. Que dejen de pensar en los réditos políticos y piensen en más en los compromisos éticos. Que dejen de gastarse todos los recursos en su sobrevivencia política y los inviertan en la sobrevivencia integral y básica de los más débiles y vulnerables. Y que ahora, en tiempo electoral, cuando los políticos se vuelven casi beatos, si nos van a inundar con discurso contra la pobreza y la desnutrición, se inunden a sí mismos de conciencia, de amor real y tierno por cuanto niño y niña pobre exista en nuestro país. Y que no se conformen con el besito obligado de las fotos en estos tiempos. Que su beso se convierta en un auténtico compromiso por combatir la desnutrición infantil. ¿Será mucho pedir?

Tomado de Albeldrio www.albeldrio.org

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