Violencia en Guatemala: asumir el no regresar

Por Mariano González . –

La situación de violencia en Guatemala es, trágicamente, un laboratorio permanente sobre la dinámica y los efectos de la violencia. Su extensión y profundidad originan efectos verdaderamente inesperados. Prueba de ello es el fatalismo que se va imponiendo en algunas personas.(i)

Sin embargo, quisiera iniciar con una observación que hace Yolanda Colom en su libro Mujeres en la alborada. Relatando su experiencia dentro de una organización revolucionaria, recuerda que pasó “un año con la compañía inseparable de una cápsula de cianuro. Se nos daba a los militantes de entonces con la orientación de ingerirla en caso de caer en manos de los cuerpos represivos” (11). Creo que es parte de la psicología del militar (o del combatiente) saberse en peligro de muerte: asumir la muerte como uno de esos riesgos que caen “en el cálculo lógico de probabilidades” de los que habla el Che en la carta de despedida a sus padres.

Además, en el caso guatemalteco, hay que recordar que no hubo presos políticos. Originaban muchos problemas, incluyendo la presión de los familiares. Por tanto, el alto mando militar decidió en algún momento que se les secuestrara, torturara y eliminara. Tal fue la barbarie, no demasiado lejana en el tiempo, del conflicto.

Visto en el momento y retrospectivamente, la decisión de “prevenir” la captura era lógica y racional. En esas condiciones, no obstante, Yolanda Colom refiere que en una ocasión un compañero le dice que tire “esa mierda lejos” y que se olvidara de ella, lo que en efecto hizo: “Lo cierto es que tiré mi cápsula en el momento en que el compañero me dijo que lo hiciera. Y desde entonces, salvo en momentos de peligro, dejé de sentir el inmenso peso de la muerte” (12). Ya lo señalaba anteriormente: “la odiaba [a la píldora de cianuro] tanto como al sistema contra el que luchaba, porque amaba la vida y quería servir al pueblo de la única manera en que es posible: viva, sana y libre” (11).

Si bien la “píldora” era parte de una elección lógica dada la situación, era un “inmenso peso”, contradictorio con ese amor a la vida, del que habla Colom. En otras palabras, aunque la muerte en una situación extrema cae en “el cálculo lógico de probabilidades”, también la conciencia extrema de ella, era un impedimento para la lucha cotidiana y a largo plazo que se asumía en la militancia revolucionaria (que en sus mejores momentos fue ese intento de “tomar el cielo por asalto”).(ii)

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esta anécdota de la militancia revolucionaria con la situación actual? Creo que interesa porque, además de medir la enorme distancia que separa ambos tiempos históricos (en uno de ellos se creía que era posible el cambio), permite comprender hasta dónde logra penetrar el clima de violencia en la subjetividad de guatemaltecos y guatemaltecas.

Hace poco asistí a una reunión donde alguien, al hablar del tema, comentaba que al salir de su casa no sabía si iría a regresar y que, precisamente, había que “asumir el no regresar” como una posibilidad. Si uno lo escucha de una persona que va a la guerra, dicha expresión es perfectamente lógica. ¿Pero una persona que sale de su hogar a trabajar o estudiar? Esto sólo ocurre cuando la violencia empieza a ser parte de la vida de una comunidad y, por tanto, una presencia constante en la vida mental y relacional de las personas (lo que corresponde no sólo a los índices tan altos de violencia en el país, sino a su magnificación en los medios de comunicación y a la generalización de dicho recurso para resolver conflictos, es decir, cuando se ha vuelto amenaza constate).

Honestamente me parece un signo alarmante. Y no es que, en última instancia, la muerte no sea parte de la vida. Pero siendo parte, no es el fin. Como lo dice bellamente Hannah Arendt: “aunque los hombres han de morir, no han nacido para eso, sino para comenzar de nuevo”.

Entonces, “asumir el no regresar”, más que resultado de graves reflexiones de lóbregos existencialistas, es una interiorización de un clima de violencia que se convierte en amenaza constante. Es una expresión de hasta dónde la violencia penetra en la cultura y la subjetividad, generando ese fatalismo que encierra la expresión “asumir el no regresar”. Es toda una victoria de la violencia sobre los sujetos y la cultura.

Al respecto, en el interesantísimo libro La separación de los amantes. Una fenomenología de la muerte, Igor Caruso plantea que la cultura es una defensa contra la muerte, sin embargo, y este es el giro dialéctico, al erigirse contra la muerte, la cultura contiene elementos mortales. Sé que es muy arriesgado, pero siguiendo este planteamiento, la cultura, defensa contra la muerte y portadora de muerte, se ha deslizado a posiciones francamente contrarias a la vida. La interiorización (que llama a tristeza y preocupación) de ese “asumir el no regresar” es uno de los indicadores de este proceso de descomposición.

Aunque el “asumir no regresar” cae dentro del cálculo lógico de probabilidades, me opongo a asumirlo. Prefiero (opto) creer aun, que pese a todo, es posible volver a empezar.


(i) El fatalismo no nace únicamente de la violencia, pero ésta lo refuerza. Condiciones como la pobreza y cierta tradición religiosa son parte de las condiciones que lo generan.

(ii) Hay una frase extraordinaria de Mario Payeras que condensa la experiencia de su militancia: “Con todo, éramos conscientes de que estábamos viviendo la aventura más hermosa de nuestras vidas”. Ese “con todo” significaba hambre, riesgos, soledad, esfuerzos agotadores, etc. Y pese a ello, era “la aventura más hermosa” de un colectivo (“éramos”). Sin proponerlo como modelo, valdría la pena contrastarlo con la experiencia de la persona común.

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