Las revoluciones árabes y el imaginario democrático

Los levantamientos democráticos árabes han generado un brote de nostalgia en muchos de aquellos que fueron artífices de sus propias revoluciones democráticas años atrás. Al ver el desarrollo de los acontecimientos en la Plaza Tahrir de El Cairo en la cadena Al Jazeera y la CNN, muchos de los que se sumaron a las barricadas durante la Revolución del Poder Popular en 1986 en Filipinas, sintieron resurgir esa sensación de que, al decir de Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Quienes en febrero de 1986 tiraron por la borda su seguridad personal y se lanzaron a las calles a enfrentar a las tanquetas armadas de Ferdinand Marcos también podrían relacionarlo con las palabras del activista egipcio de Internet Wael Ghonin sobre el momento sicológico clave en un levantamiento: “sabíamos que ganaríamos cuando la gente superó la barrera sicológica, cuando decidió que era mejor morir por una causa que vivir sin dignidad… Somos más fuertes que los hombres de Mubarak porque ellos temen por sus vidas y nosotros estamos dispuestos a ofrecer las nuestras”.

La ruptura de la barrera sicológica del miedo estuvo acompañada de otro sentimiento que albergaban los manifestantes, tanto en la Plaza Tahrir como en Manila: la sensación de que el pueblo estaba verdaderamente determinando su propio destino, que estaban tomando las riendas de sus vidas en sus propias manos. Ese fue el momento democrático primigenio, el momento prístino de auto determinación, tan mal explicado en los tratados teóricos sobre la democracia.

Junto con la nostalgia, sin embargo, se hizo sentir también un sentido agudo de las oportunidades perdidas. Para muchos de los que participaron en las revueltas democráticas populares que inundaron Filipinas y América Latina en la década de 1980 y Europa del Este en 1989, la euforia del poder popular fue de corto aliento, y con el paso de los acontecimientos dejó lugar a la consternación, la desilusión y luego cinismo. El momento crítico fue cuando los administradores de la transición política transformaron el poder en bruto de la democracia directa que volteó las dictaduras, en democracia electoral representativa, buscando simplificar los mecanismos de gobierno democrático.

La interrogante de la democracia representativa

A algunos teóricos clásicos de la democracia les preocupaba esa transición. Rousseau desconfiaba de la democracia representativa porque entendía que reemplazaría el “interés general” o la “voluntad general” del pueblo por lo que él llamaba la “voluntad corporativa” de los representantes electos. Marx y Engels exhibieron una actitud ampliamente conocida de desprecio por la democracia representativa ya que, en su opinión, simplemente ocultaba los intereses económicos dominantes de la burguesía detrás de una hoja de parra de política parlamentaria. Quizás el más crítico fue el sociólogo político Robert Michels, que analizó cómo las elecciones evolucionan de una metodología a través de la cual los pueblos cambian a sus líderes, a un mecanismo mediante el cual los líderes manipulan a los pueblos para perpetuarse en el poder. Michels avanzó más en su consideración y afirmó que las democracias representativas no podían escapar a la “ley de hierro de la oligarquía”.

Los temores de estos teóricos clásicos de la ciencia política se transformaron en realidades en los sistemas de gobierno pos-levantamientos surgidos en las décadas de 1980 y 1990. Para los ciudadanos expectantes de las nuevas democracias en Filipinas y América Latina, la euforia del poder popular dejó paso a regímenes electorales parlamentarios de influencia occidental, en los cuales las elites económicas tradicionales pronto volvieron a tomar las riendas. La política competitiva floreció, pero con las facciones de la elite compitiendo entre sí por el derecho a reinar. La política progresista fue marginada dentro de sistemas dominados por agendas de las elites conservadoras o centristas. La corrupción aceitó los engranajes del sistema.

Ajustes estructurales a través de la democracia

No obstante, mientras las elites tradicionales secuestraban los sistemas parlamentarios resurgentes, Estados Unidos y las agencias multilaterales los subvirtieron para lograr implantar los programas de austeridad que los regímenes autoritarios anteriores, a los que habían apoyado previamente, ya no eran capaces de imponerle a la ciudadanía sensibilizada y movilizada. Pronto resultó evidente que Washington y las agencias multilaterales querían que los nuevos regímenes democráticos usaran su legitimidad para imponer programas de ajuste económico y políticas de manejo de la deuda reaccionarios. En Argentina, por ejemplo, las instituciones financieras internacionales presionaron al gobierno de Raúl Alfonsín tras la dictadura para que dejara de lado las políticas neo-Keynesianas e implementara reformas tributarias, liberalizara el comercio y privatizara las empresas del Estado. Cuando el gobierno se resistió, para disciplinarlo, el Banco Mundial suspendió los desembolsos de un préstamo de ajuste estructural.

En Perú, el gobierno de Alberto Fujimori fue electo con una plataforma populista anti-Fondomonetarista. Pero una vez en ejercicio, procedió a imponer un programa neoliberal que incluía aumentos pronunciados en las tarifas públicas y medidas drásticas de liberalización del comercio. Como consecuencia de estas medidas, el país entró en una profunda recesión que provocó un gran descontento popular, lo que a su vez, fue usado como excusa por Fujimori para suspender la Constitución y restituir un gobierno de mano dura.

En Filipinas, una de las razones claves para que Washington retirara su apoyo a Ferdinand Marcos fue que comprendió que la falta de legitimidad de la dictadura la transformaba en un instrumento ineficiente para el pago de la deuda externa de US26 mil millones de dólares y para implementar el programa de ajuste estructural del Banco Mundial y el FMI. Ni siquiera la crisis económica que caracterizó el final del régimen impidió que el Banco y el Fondo exigieran al novel gobierno de la Presidenta Corazón Aquino transformar el pago de la deuda en su principal prioridad económica. El gobierno de Aquino se rindió, y promulgó una ley estableciendo la “apropiación automática” del monto total necesario del presupuesto nacional para pagar los servicios anuales de la deuda externa. Destinando así entre el 30 y el 40 por ciento del presupuesto al servicio de la deuda, se privó al Estado de un capital de inversión vital. Por eso, mientras los países vecinos protagonizaron una acelerada carrera de avances económicos durante los años del llamado Milagro del Sudeste Asiático, el crecimiento económico de Filipinas fue estrangulado y el país apenas pudo mantenerse a flote.

En Europa del Este y la vieja Unión Soviética, la euforia de 1989 dejó pasó a tiempos aciagos en la década de 1990, mientras el FMI aprovechó el abandono del comunismo y la transición hacia economías capitalistas para imponer un “terapia de shock”, o la imposición rápida y generalizada de los procesos de mercado. Este proceso llevó a triplicar el número de pobres que ascendió a 100 millones. Aunque en Europa del Este la mayoría de los regímenes democráticos liberales pudieron sobrevivir su asociación con el ajuste radical, en Rusia y sus ex dependencias en Asia Central, el capitalismo mafioso que la terapia de shock hizo florecer llevó a la gente a tolerar, cuando no a apoyar, el retorno o la persistencia de regímenes autoritarios como el de Vladimir Putin en Rusia. En 2010, según un análisis, un 80 por ciento de los habitantes de la ex Unión Soviética siguen viviendo o volvieron a vivir bajo regímenes autoritarios.

Reviviendo el imaginario democrático

El imaginario político se estrechó cuando se vació a la democracia de su carácter directo e inmediato y paso a ser dominada por la competencia de las elites, y al mostrarse incapaz de desprenderse de su asociación con las reformas de mercado radicales generadoras de pobreza.

El primer desafío significativo a la osificación del impulso democrático tuvo lugar en América Latina. Allí, en la primera década del nuevo siglo, el desencantamiento con el neoliberalismo, la emergencia de partidos políticos y movimiento populistas innovadores, y la movilización de la sociedad civil fueron factores que combinados abrieron paso a nuevas avenidas de intervención popular en los procesos políticos en Venezuela, Ecuador y Bolivia.

La Revolución Árabe amplía este desafío al imaginario democrático para que genere instituciones que promuevan una intervención más directa de los ciudadanos, sostengan la participación popular en la toma de decisiones, bloqueen el socavamiento del proceso electoral a manos de intereses elitistas y la política del dinero, y restablezcan el vínculo primordial entre la libertad, la fraternidad y la igualdad que ha animado a todos los grandes levantamientos democráticos desde la Revolución Francesa.

La Revolución Árabe tiene dos cosas a su favor en términos de hacerle frente a este desafío de liberar el imaginario democrático. Primero, que la juventud que la instigó es menos propensa a respetar las prescripciones de la democracia representativa tradicional y probablemente sea más innovadora al considerar las posibilidades que ofrece la tecnología de la información para elaborar nuevas formas más directas de representación, como ya lo hicieron al usar la tecnología de la información para subvertir los mecanismos tradicionales de la represión y movilizar las multitudes que derrocaron a las dictaduras represoras.

En segundo lugar, las reformas neoliberales a favor del mercado están seriamente desacreditadas, algo que no sucedía en las décadas de 1980 y 1990. La liberalización de los flujos de capital ha provocado varias crisis, incluida la actual desaceleración económica mundial, mientras que la liberalización del comercio ha conllevado la sustitución de productores agrícolas locales e industrias locales por importaciones extranjeras. Más que nunca antes desde la revolución neoliberal de Reagan y Thatcher en la década de 1980, las soluciones de libre mercado radicales han perdido su credibilidad. No obstante, debido a la falta de marcos alternativos, las políticas neoliberales siguen siendo la opción automática entre los economistas y los tecnócratas.

Los demócratas revolucionarios del mundo árabe tienen frente a sí la oportunidad de dar a luz la siguiente etapa de la revolución democrática mundial. ¿Aceptarán el desafío, o se retirarán a sus vidas privadas, como algunos han señalado, dejando que las generaciones de políticos más viejos ocupen el centro de la escena con sus modelos occidentales arcaicos y gastados de democracia representativa?

Walden Bello. Analista del centro de estudios filipino Focus on the Global South, investigador asociado del Transnational Institute (TNI) y representante de Akbayan en el Congreso de Filipinas. Autor de más de 14 libros, Bello fue galardonado en 2003 con el Right Livelihood Award (también conocido como el premio Nobel alternativo) por “sus destacados esfuerzos para educar a la sociedad civil sobre las repercusiones de la globalización encabezada por las grandes empresas y sobre cómo poner en práctica alternativas”. La revista The Economist aludió en una ocasión a Bello como el hombre “que popularizó un nuevo término: desglobalización”. Walden predijo la crisis financiera muchos años antes del actual derrumbe del sistema y es una figura muy respetada del movimiento altermundialista. La escritora canadiense Naomi Klein dice de él que es “el más destacado revolucionario de la falta de insensatez”.

Fuente: http://www.tni.org/es/article/las-revoluciones-%C3%A1rabes-y-el-imaginario-democr%C3%A1tico

Te gusto, quieres compartir