La “escuela de economía ecológica” y el legado apolítico de la teoría económica neoclásica

Alejandro Nadal

La crítica dirigida a la escuela de economía ecológica en este artículo se concentra en algunos planteamientos de Nicholas Georgescu-Roegen y de Herman Daly. Estas ideas no han sido objeto de un tratamiento analítico en los trabajos de los seguidores de la economía ecológica (EE). El objetivo de este artículo es permitir una apreciación más certera de los alcances y limitaciones de algunos de los enunciados que han llegado a constituir los fundamentos de la EE.

Sobre las relaciones entre la EE y la teoría neoclásica

Las primeras líneas del libro Ecological Economics de Herman Daly y Joshua Farley sostienen que la economía es el estudio de la asignación de recursos limitados o escasos, entre fines o usos alternativos. Al principio del capítulo 3, estos autores nos advierten que la economía ecológica tiene tantas cosas en común como diferencias con la teoría económica neoclásica. Aclaran que un rasgo común muy importante es precisamente la definición de la economía antes mencionada. Advierten que podrán existir desacuerdos alrededor de lo que es escaso y lo que no lo es, o sobre los mecanismos de asignación de recursos: pero para estos autores no hay disputa sobre el hecho de que el objeto de la economía es el empleo eficiente de recursos escasos para fines alternativos.

Estos pasajes revelan una visión ingenua (y quizás no tan inofensiva) sobre la naturaleza de la teoría económica. Esta concepción de la economía tiene muchas implicaciones. Quizás la más importante es que la teoría económica es depurada de todo contenido político. Desde esta perspectiva, se completa la despolitización del discurso económico. Aquí no hay clases, no hay problemas de distribución, de explotación, ni de dominación. Y si queda algo de espacio para referirse a estos fenómenos, será como algo secundario. Un ejemplo está en los libros de Herman Daly For the Common Good (en coautoría con John Cobb, publicado originalmente en 1989) y Ecological Economics. En ellos no hay cabida para un análisis significativo sobre la distribución, la evolución de los salarios, las relaciones entre los principales agregados y variables macroeconómicas, la tasa de interés o la expansión del capital financiero. Por supuesto, tampoco hay un análisis de las crisis de las economías capitalistas. Y es que en esa definición de la economía no hay lugar para hablar del capitalismo como fuente de inestabilidades peligrosas.

Lo anterior no quiere decir que estos libros no se ocupen de temas como el trabajo (capítulo 16 de For the Common Good) o la distribución (capítulo 15 de Ecological Economics). Pero en ninguno de estos textos se incluye una discusión o análisis significativo sobre la variable económica más importante para tratar estos temas: los salarios.

Vale la pena recordar, ya que Daly y Farley no lo hacen, que la definición de economía que utilizan es de Lionel Robbins (en Essay on the Nature and Significance of Economic Science) y data de 1932. Por esos años el establishment académico ya presentía el surgimiento de una visión más crítica sobre las economías capitalistas. La crisis de 1929 y la Gran Depresión amenazaban el edificio complaciente de la teoría clásica que veía en el capitalismo un plácido espacio de estabilidad. Entre otras cosas, Keynes ya había completado su transición desde las posiciones sobre teoría monetaria de su Treatise y estaba afinando sus tesis para la Teoría General. En especial, avanzaba en el desarrollo de su análisis sobre la demanda efectiva, algo que la economía clásica encontraba muy difícil de digerir. La propuesta de Robbins fue bien recibida, a pesar de su ramplonería y grosera devaluación de los principales problemas analíticos que debía enfrentar el discurso económico. El establishment académico erigía así sus líneas de contraataque.

En un texto que está destinado a estudiantes de economía, es sumamente engañoso, por no decir peligroso, hablar de la teoría económica en los términos utilizados por Daly. Y si se considera que la EE hace continuas referencias a la necesidad de cambiar de paradigma en el análisis económico, este punto de partida deja mucho que desear.

La función de producción

Muchos son los textos de economía ecológica en los que se dedica gran atención a la función de producción agregada. La EE rinde homenaje a Georgescu-Roegen alrededor de sus aportaciones a la función de producción agregada. En esencia se considera que su gran contribución fue insistir en que la función de producción de la teoría neoclásica no toma en cuenta la finitud de los recursos naturales. O, si se prefiere, cuando los introduce, incurre en todo tipo de contradicciones.

Georgescu-Roegen formuló sus planteamientos sobre la teoría de la producción justo en los años en que se llevó a cabo el debate teórico más importante de la segunda mitad del siglo XX, precisamente sobre la función de producción. En ese debate quedó claro que, en el caso general, la medida agregada del capital no es independiente del estado que guarda la distribución. La conclusión de este hecho es que la función de producción agregada es una construcción indeterminada. Georgescu-Roegen no participó en este debate, ni tomó en cuenta las conclusiones del mismo, lo que es un mal indicio.

Tanto Georgescu-Roegen como Herman Daly, así como muchos de sus seguidores en la EE ignoraron siempre que la construcción de la función de producción tiene sentido en el marco de una teoría sobre la distribución. Los debates sobre si se incorporan los recursos naturales, o si existe sustitutabilidad, son absurdos, y tanto Solow como Stiglitz, al igual que Georgescu y Daly salen muy mal parados de estas discusiones. La presencia recurrente de la función de producción en los textos de la EE, sin una crítica adecuada y frontal de sus fundamentos analíticos, constituye una gran falla. Para tener una mejor idea de lo que todo esto implica, un poco de historia es pertinente.

La función de producción, tal y como fue elaborada a partir de los trabajos de Phillip Wicksteed y John Bates Clark, buscaba completar el proyecto de despolitizar la “teoría económica”, en especial, en el tema de la distribución. El primer paso consistía en elevar los bienes de capital al status de factores de producción, en pie de igualdad con el trabajo. Una vez establecida la igualdad de los factores de la producción, la función de producción podía ser utilizada para explicar la distribución del producto. Para Clark, bajo condiciones de competencia perfecta, el ingreso de los factores de la producción es proporcional a su aportación al producto o, para ser más precisos, a su contribución marginal al producto.

Es importante recordar que a finales del siglo XIX, cuando nace la teoría de la distribución con este enfoque, el proceso de concentración y centralización de capitales en Estados Unidos se había intensificado. El surgimiento de grandes conglomerados, así como el desarrollo del mercado laboral y la necesidad de disciplinar a la fuerza de trabajo que emigraba hacia los Estados Unidos hacían necesaria una nueva teoría de la distribución. En efecto, las viejas teorías que justificaban las ganancias por la espera o la abstinencia (propuesta por autores como Nassau Senior o el mismo Marshall) resultaban completamente inadecuadas. La concentración del ingreso había alcanzado niveles extraordinarios. Se necesitaba una teoría más convincente: aquí es donde entra la teoría de la distribución basada en la función de producción agregada. El capital alcanzaría una nueva legitimidad pues, al igual que el factor trabajo, su remuneración estaría basada en consideraciones técnicas: su aportación al producto.

La teoría de la productividad marginal es la culminación del proceso de despolitización del discurso económico. Para la economía política clásica, con Ricardo a la cabeza, el problema de la distribución era el tema central de la reflexión teórica, pero las variables de la distribución se determinaban exógenamente. Con la función de producción y la integración de los factores de la producción las cosas cambiaban: la distribución y los precios se determinaban al mismo tiempo. Y de paso, el debate político (y ético) sobre distribución y concentración del ingreso salía sobrando. De ahora en adelante la remuneración de los trabajadores tendría que depender su productividad. El entusiasmo de los centros de poder y sus aliados en la academia era explicable: la ciencia había triunfado sobre la ideología y la lucha de clases. Sólo quedaban los factores de la producción.

La crítica a la función de producción agregada a partir de los trabajos de Sraffa debió haber desterrado para siempre la utilización de esta construcción. Veinte años de controversia sobre la teoría del capital se saldaron con una completa victoria de la posición crítica que afirmaba que la medida del capital no era independiente de la distribución. Simple y sencillamente, el “factor capital” no existía, y con esta conclusión la idea misma de la función de producción desaparecía.

Sin embargo, el establishment académico neoclásico resistió como pudo el veredicto de la controversia. Algunos autores insistieron en que el problema no tenía relevancia empírica, como si la determinación de conceptos fuese algo que se puede arreglar con ajustes en un modelo econométrico. Otros terminaron diciendo que mantenían su fe en la teoría del capital (fue el caso de Charles Ferguson).

Poco a poco la controversia y su resultado se fueron olvidando. Los modelos de equilibrio general, que habían quedado a salvo de la crítica de Sraffa, fueron glorificados. Resultaron ser un excelente instrumento de control de daños. Mientras tanto, en los modelos macroeconómicos, la función de producción agregada renacía como si nada. Los modelos de crecimiento endógeno contribuyeron a promover la idea de que la polémica sobre la teoría del capital había sido una tormenta en un vaso de agua. Hoy en día, en la mayoría de las universidades, dicha controversia y sus implicaciones raramente se menciona en las aulas.

La escuela de la EE ha sido incapaz de desarrollar un análisis riguroso sobre el tema de la función de producción agregada. En primer lugar, debería tomar en cuenta el hecho fundamental de que esta construcción no se hizo para analizar la producción; su finalidad es “explicar” la distribución con un objetivo ideológico. En segundo término, debería destacar los contenidos de la controversia sobre la teoría del capital y sus resultados.[1] Esto ayudaría a combatir la confusión existente en la enseñanza de la economía. Por lo demás, probablemente contribuiría a ir desechando del análisis el concepto indeterminado de la función de producción agregada. Así se podría avanzar hacia el análisis de las fuerzas económicas que degradan el medio ambiente y afectan la vida de millones de personas.

En un próximo artículo examinaré las implicaciones del análisis defectuoso de la EE en el plano macroeconómico. Esto culminará con un examen detenido de su tratamiento superficial de la moneda y el crecimiento en una economía capitalista.

NOTAS:

[1] Es interesante observar que en el libro de Jordi Roca y Joan Martínez Alier, Economía ecológica y política ambiental, el tema de la función de producción agregada se examina en el contexto del debate sobre la sustentabilidad. El tema de la imposibilidad de definir una medida del “factor” capital únicamente aparece mencionado en un pié de página, con la advertencia de que no es lo que más les interesa a estos autores. Valdría la pena que este tema recibiera la atención que merece.

REFERENCIAS:

Daly, Herman y Joshua Farley (2004)

Ecological Economics. Principles and Applications. Washington: Island Press.

—   y John B. Cobb (1989)

For the Common Good. Boston: Beacon Press.

Martínez Alier, Joan y Jordi Roca Jusmet (2006):

Economía ecológica y política ambiental, México,, D.F., FCE.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso. Acaba de publicar un importante e internacionalmente aclamado libro de teoría macroeconómica en la editorial londinense Zed Books: Rethinking Macroeconomics for Sustainability (Londres, 2011).

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