A la mujer

Autor: Jairo Alarcón Rodas

A las mujeres que amo y respeto.

La vida se bifurca para preservarse, y dentro de esta dialéctica de la naturaleza,  la mujer ha sido y es, parte esencial de la especie humana. La mujer es el ser que da vida, con ello, constituye el núcleo esencial de la familia y desde luego de la sociedad. Su papel no es simplemente reproducir la especie, aunque el sólo hecho merece ser resaltado. La mujer es formadora y con ello, socializa y endoculturiza a su estirpe. También es transformadora, representa el factor de cambio en la sociedad.

Sin embargo, por mucho tiempo, no se le ha reconocido el valor fundamental que tiene en la sociedad. Culturas patriarcales, machistas suprimen sus derechos, reduciendo sus aspiraciones. Con ello causan atraso e inequidadades significativas, en la sociedad. De ahí que históricamente se le ha discriminado en las distintas esferas del accionar humano. Y es que la evolución del primate bípedo poseedor de conciencia lo obliga a ejercer con más propiedad su condición de humano. No es una simple adaptación al medio, es el ascenso de una forma primitiva de comportamiento a otra civilizada. Es en esta modificación de conducta,  donde se avizoran cambios significativos que den por resultado  la trasformación de una sociedad caótica a una justa, en la cual a la mujer le sea devuelto su lugar que le corresponde.

La marginación de la mujer se inicia con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales, paradójicamente, ambos descubrimientos fueron hechos por ellas. Con el paso del matriarcado al patriarcado, la exclusión, la discriminación se patentizó, acentuándose su invisibilidad en el escenario público. Con ello el estancamiento en que se encuentran innumerables sociedades en el mundo, la inequidad en la esfera privada y pública. Sociedades que comprenden que las mujeres constituyen factor esencial en el desarrollo ascendente de las mismas, son aquellas en las que el progreso es sinónimo de bienestar, basado en el respeto mutuo.

Teniendo presente que los seres humanos adquieren su condición a partir del cumplimiento de las normas sociales de convivencia. Todos y cada uno tienen la función de contribuir al orden. Las manifestaciones individuales determinan el valor de las mismas, en tal sentido, los sujetos no tienen valor por sí mismos, son sus acciones las que lo determinan. Así, la izquierda no es buena por ser izquierda, el indígena no lo es, dado su indigenismo, el hombre no es más a causa de su sexo, ni la mujer debe sus méritos a su condición. Nadie  debe tener privilegios, si no ha demostrado con hechos, que los merece. Todos los seres humanos deben ser juzgados por sus acciones. Pero para ello, se les debe dotar de las mismas oportunidades y herramientas.

La brecha entre los que tienen mucho y los que no tienen nada, que por resultado la miseria, visibiliza fenómenos oprobiosos. Entre estos el relegamiento de la mujer incluso a la condición de mercancía. Por largo tiempo los derechos ineludibles que les da su condición humana le fueron negados, paulatinamente y a través de luchas incansables, algunos de esos derechos han sido reivindicados. Indudablemente falta mucho por avanzar, es cuestión de sentido común y voluntad. Contribuyamos a que este mundo se convierta en un escenario donde mujeres y hombres vivan en armonía, respetando sus peculiaridades y diferencias, enalteciendo sus logros comunes.

No se trata de ser rivales y enemigos, sino por el contrario, de encontrar puntos de convergencia que permitan construir historias comunes desde perspectivas diferentes. Mujeres y hombres somos distintos, pero esa distinción no hace que uno sea mejor, ni más que el otro. Es como la realidad, en la que el fenómeno y la esencia permanecen indisolublemente ligados. La esencia no es más que el fenómeno, ni éste más que la esencia. Kosik, decía: la esencia puede ser tan irreal como el fenómeno, y este tan irreal como la esencia en el caso de que se presenten aislados. Así un mundo donde sólo existan hombres o sólo mujeres, no tiene sentido.

Al hablar de inteligencia, bondad, confianza, amor, y solidaridad, hay que tener presente que no son valores y atributos exclusivos de un sexo. Lo son, potencialmente, de la especie. Hombres y mujeres han legado a la humanidad valores que bosquejan lo que ésta es. El camino ascendente es largo y tortuoso, pero con razón y voluntad podremos construir un mundo realmente humano donde la justicia prevalezca. No obstante la mujer, con su presencia, le da brillo a las cosas, su belleza impregna la existencia humana de un valor inmenso y maravilloso.

Por eso, amo en la mujer su sensibilidad, su inteligencia y fortaleza. Me conmuevo con su espíritu de lucha, bondad, ingenuidad e inocencia. Valoro su incansable tenacidad, su carácter emprendedor, su delicadeza. Amo a la mujer solidaria, la que no se siente más, ni menos, la que muestra el camino con sabiduría, la que no olvida que los verdaderos cambios no están en las palabras sino en las acciones.

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