“Sin sangre”

Por René Estuardo Galdámez/PúblicoGT

La palabra sangre contiene por sí misma una carga semiótica muy fuerte. La pasión y el color que evoca, la sensación de sacrificio, de violencia y de herida abierta son inseparables de la palabra sin importar el contexto. Al leer en la portada de un libro de Alessandro Baricco el título Sin sangre no podemos evitar imaginarnos la carga violenta y dramática que contienen esas palabras escritas en esta pequeña obra, breve, lacónica y directa como Seda, pero más cruda y, en cierta manera, más retorcida.

Conformada por dos partes que no pueden ser más distintas: una espantosa tarde de familia donde las historias pasadas de guerra alcanzan y condenan a los protagonistas, y un extraño encuentro sexual con algunos atisbos de melancolía y, ¿por qué no decirlo?, amor.

Esto solo puede ser hilvanado por un verdadero maestro. Pero, ¿qué es lo que hace grandiosa esta obra que corta de tajo incluso su propia historia? La respuesta es justamente esa violenta forma de narrar: cortante, tajante, sin adornos, sin acabados. Podríamos pensar que para que una novela funcione los detalles son importantes, pero para un autor como Baricco, con grandes conocimientos de estructura y ritmo, los detalles sobran y toma la desnudez y lo escueto como elementos para hacer una novela con características casi épicas.

Un país recién salido de una guerra civil, un hombre cuyo pasado lo persigue peligrosamente y dos hijos pequeños son los protagonistas de la primera parte que evoluciona desde un primer párrafo casi relajante, hasta esa última imagen tan fuerte donde la pequeña niña se queda dormida y, sin notarlo apenas, logramos encontrar una premonición de lo que ocurrirá cincuenta años después.

La segunda parte es el contrapunto de la primera: sólo dos personajes, Nina y Pedro, que se encuentran con sus fantasmas y sus tormentos y donde lo único que se puede esperar es un final igual al de la primera parte, la misma imagen pero ahora sin sangre. Después de toda la sangre derramada los personajes se encuentran vacíos y, al carecer de este elemento, todo lo que éste simboliza también se ha perdido. Las pasiones se han transformado en otra cosa donde no cabe una herida más.

Lo que más impacta de esta historia es el hecho que bien podría ocurrir en cualquier parte. Es una historia demasiado normal como para sorprendernos. Vivimos en una sociedad donde la violencia está presente y nos obliga a derramar cada gota de nuestra sangre hasta dejarnos vacios. Es allí donde nos golpea Baricco, nos presenta con estos personajes, secos retratos de nosotros mismos. Retratos donde las pasiones se han extinguido pero no por otra cosa más que por la pérdida de lo que nos hace humanos y que hemos estado derramando desde ya varias generaciones: nuestra propia sangre y lo que ella representa.

El título de la novela, entonces, nos evoca la violencia con la que convivimos a diario y con la que nos hemos ido vaciando poco a poco hasta convertirnos en cascarones huecos, vacíos, sin humanidad, sin sentimientos, sin emociones, sin pasado, sin presente, sin futuro, sin sangre…

Pero no todo está perdido, Baricco nos demuestra que a pesar de todo esto aún podemos redimirnos. Pero no ante algo superior, ni nada por el estilo, sino con nosotros mismos, como lo han hecho Nina y Pedro cuando terminamos de leer este relato.

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