Cuestión de género

Por Jairo Alarcón Rodas /PúblicoGT

Actualmente  se estila, en determinados sectores y personas, la utilización de términos donde se pretende evidenciar las diferencias de género. Al margen si sea justo o no, si es importante o trivial, la inclusión de esa terminología no incide en el cambio de actitud del hombre con respecto a la mujer. Al menos si se atiende únicamente a las palabras. Los valores culturales no se cambian, no se modifican a través de modificar el idioma. El idioma cambia a partir de transformaciones culturales, de nuevos comportamientos y costumbres que a su vez lo hacen a partir de las necesidades sociales. No por decir, el y ella, hombre, mujer, niño, niña toda una actitud machista se va reconvertir en democrática, en solidaria y justa.

El lenguaje no es más que el mecanismo exterior de la comunicación. Comunicación que surge por el deseo de compartir una existencia, de transformar la realidad. Cada interacción que los seres humanos hacen con su circunstancia motiva el surgimiento de nuevas palabras, de formas de nombrar lo transformado. De ahí que una determinada cosmovisión contiene una forma de expresarla. Esa es la base de todo código idiomático. Por otra parte existen en los seres humanos necesidades vitales por satisfacer, eso es lo que, en primera instancia propicia la transformación de la realidad. En tal sentido existe un origen económico, en el accionar de la humanidad. Transformar para vivir y compartir una existencia.

El trabajo, que posibilitó dicha transformación, requirió de la utilización de un lenguaje articulado, de una forma de expresar el pensamiento. Pensamiento que se nutrió con experiencias, con la interacción de los seres humanos con la realidad. El percatarse de su circunstancia y los fenómenos que ahí se escenifican trajo consigo una particular forma de interpretarlos. Por consiguiente las palabras surgen a partir de nuevas experiencias, de las actitudes frente a una determinada circunstancia. Todo eso determinó a su vez, una forma de vida, valores, tradiciones, costumbres: la idiosincrasia de los pueblos. Las sociedades toman como modelo de vida a aquel que les provee de bienestar, que llena sus exigencias, partiendo siempre de las primordiales a las menos importantes.

Tras la conversión de los humanos de recolectores en productores, de nómadas en sedentarios y con ello el aparecimiento de los modos de producción, surgieron las desigualdades entre éstos. El antagonismo de clase convirtió al mundo en  escenario de miseria para muchos y opulencia para pocos. El amo y el esclavo, el siervo y el señor feudal, el capitalista y el proletario, el dominador y el dominado constituyeron los antagonismos más evidentes. Y presente en todo, la discriminación del hombre sobre la mujer. Tal hecho tiene raíces históricas que se evidencia en la cultura de los pueblos, las explicaciones pueden ser muchas, no obstante la interrogante que surge es: ¿deben continuar las cosas de esa forma? El desarrollo social de la humanidad señala que no. Que es imprescindible para el mismo, que tanto el hombre como la mujer adquieran la dignidad que les es propia. Que sus perspectivas frente a la vida les otorguen los espacios que les correspondan sin mancillar su calidad humana.

No se trata de subordinar el uno al otro, se trata de buscar un camino convergente que propicie el desarrollo de la especie. Nadie es más que otro si no hace más que otro, dice una vieja expresión, en un ambiente donde las oportunidades se den por igual. Sin duda hay que dar el primer paso, pero éstos se dan inteligentemente, al margen de cualquier tipo de emotividad y revanchismos sin sentido. Al problema de género le subyace el problema económico y aunque aparentemente se piense en un reduccionismo, la solución a la discriminación de la mujer le antecede el problema de la mala repartición de la riqueza. Ello no justifica que se siga actuando en contra de los derechos de la mujer, simplemente que si se pretende lograr tal emancipación previamente se debe luchar contra la miseria y la ignorancia. La lucha no es entre hombres y mujeres, la lucha debe ser en contra de un sistema que acrecenta esas diferencias.

Las actitudes no se modifican con palabras, éstas se transforman a partir del interés, del pleno convencimiento de que lo que se hace es lo mejor, atendiendo a una escala de valores. Los cuales pueden ser individualistas o colectivistas, egocentristas o solidarios, inhumanos o humanos. Pero, ¿cómo saber que es lo mejor? ¿Cómo precisar qué es lo más adecuado para la sociedad? Lo mejor, lo más valioso se descubre a través del conocimiento de la realidad, en este caso, de la realidad social que atañe por igual a mujeres y a hombres.

Las palabras surgen debido a un interés material de compartir una existencia y se transforman en función de las necesidades que la vida en sociedad demande. Así como los seres humanos son entes dinámicos, en igual forma ese dinamismo se ve reflejado en la forma en que estos se expresan. Las palabras, el idioma, la forma en que nos comunicamos tiene una función referencial, que es la que nos informa de la realidad, pero además existe la función fática que responde a convencionalismos sociales. Puedo decir, niño, niña, hombre, mujer,  sin estar consciente de lo que eso representa y ostentar una actitud contraria a lo que dicha terminología representa. Por lo tanto las palabras cobran su dimensión real cuando se ven reflejadas en actos, en este caso en cambio de actitudes.

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