Egipto: ¿y después de Mubarak, qué?

El jueves por la noche Hosni Mubarak todavía creía poder gobernar hasta septiembre próximo y se negó, por lo tanto, a renunciar. El viernes, sin embargo, tuvo que huir en helicóptero, como el expresidente argentino De la Rúa en diciembre del 2001, porque la rebelión popular inclinó la balanza en su contra incluso en el alto mando militar, compuesto por sus fieles, donde un sector importante cree hoy que es necesario hacer sacrificios importantes con tal de salvar al régimen social que, por ahora nadie discute, pero que está en peligro si continúa la dinámica actual de la revolución apenas iniciada.

En 1952 los Oficiales Libres, encabezados por el general Naguib y dirigidos por Gamal Abdel Nasser, derribaron la monarquía proimperialista. Ellos no formaban parte de los privilegiados del régimen y temían sobre todo que si no encabezaban el cambio, éste podría ser anticapitalista. Por eso, al mismo tiempo que echaron al rey, ahorcaron obreros huelguistas comunistas ya que temían sobre todo las huelgas y la radicalización popular, que Nasser salió a canalizar y contener. Ahora, en cambio, quien derribó a la dictadura apoyada por Estados Unidos, es la juventud estudiantil y trabajadora y el odio popular y no los militares, que forman parte del entorno de Mubarak y que se inclinaron contra éste cuando comenzaron a extenderse las huelgas obreras que pedían, además de mayores salarios, libertad y democracia y se unían a los sectores avanzados de las clases medias.

La división en las capas bajas del ejército (soldados, suboficiales y oficiales de baja graduación) y la presión popular influyeron y dividieron al alto mando militar que, en pocas horas, abandonó al dictador al cual habían quedado en respaldar hasta septiembre como pedía Estados Unidos. Si Mubarak no pudo renunciar ante las cámaras televisivas y ni siquiera pudo traspasarle el poder al vice que había elegido entre sus fieles (el jefe de los Servicios de Inteligencia, Omar Suleiman, torturador, negociador constante con Israel y Washington) sino que tuvo que entregarlo al comando superior de las fuerzas armadas, es porque en ese comando Suleiman no tiene mayoría pues el mismo está dividido entre varias tendencias y la relación de fuerzas entre ellas no está clara ya que depende de la continuación o no de las movilizaciones, ahora no contra el dictador prófugo sino contra todo su régimen, tal como sucedió en Túnez.

La clave de la situación está en los obreros, los trabajadores, las clases medias radicalizadas que forman esta revolución democrática, que es antiisraelí, comienza a ser antiimperialista en su ala más radical y tiene un profundo contenido social que tarde o temprano saldrá a la superficie. No fue Estados Unidos quien presionó para que se fuera Mubarak: el protagonista fue el pueblo árabe, el de Túnez y el de Egipto y mañana el de Argelia. Todo el sistema laboriosamente construido por el Departamento de Estado con Israel y con su agente en El Cairo acaba de caer a pedazos. Los acuerdos de Camp David por los cuales Egipto aislaba a Gaza y sostenía a Israel son papel mojado. Los candidatos a la sucesión de Mubarak presentados sucesivamente por Washington (El Baradei, Omar Suleiman y todos los demás) están fuera de juego porque quien decidirá será la gente en las calles, que está madurando en la lucha y en las privaciones así como en la asamblea continua de la Plaza Tharir.

Hay sin duda un vacío político, que deriva de que los manifestantes están unidos por su odio al régimen, no por un proyecto y de que entre ellos existen sectores dispuestos a conciliar si obtienen reformas importantes para mantener sus negocios o incluso el sistema. Pero ese vacío no lo pueden llenar ni los liberales del Wafd ni los muy moderados de la Hermandad Musulmana que, hay que recordarlo, son sunnitas y no chiítas y dependen de Arabia Saudita y no de Teherán. Los nasseristas de izquierda, en el país y en el ejército, son sobrevivientes, aunque en las bases del ejército exista una fuerte influencia nacionalista antimperialista basada sobre todo en el repudio a la sumisión del gobierno de Mubarak a Washington y a Israel y en la vergüenza por la colaboración con Israel en el aislamiento de los palestinos de Gaza. Los supuestos temores de Washington a una repetición de lo que sucedió después de la caída del Shah en Irán muestran por lo tanto la arrogante ignorancia de la realidad en Medio Oriente, pero particularmente son instrumentales pues buscan mantener un pretexto para una injerencia en Egipto para salvar el tambaleante dispositivo estadounidense-israelí en toda la región.

Aunque la población es musulmana, como en Túnez, en Egipto  predominan desde hace tiempo los sentimientos laicos sobre todo entre la población urbanizada. Lo más probable, por lo tanto, es una secesión de gabinetes inestables y sin raíces, dependientes de la conciencia de los trabajadores y el pueblo y del eco de esto entre los militares y los sucesivos ministerios de crisis  se verán obligados a hacer concesiones en las que ni siquiera pensaron al hacerse cargo de sus puestos.

Las medidas de fondo –de reforma agraria, de democratización de la familia, la sociedad, de igualdad de género, de estatización de las grandes empresas y bancos extranjeros- estarán en el orden del día, por lo menos en los que ocupan las calles. La clave de la situación está en la continuidad de las movilizaciones hasta barrer los restos del régimen de Mubarak y en definir un programa que, en el plano nacional e internacional, modifica radicalmente la política en Egipto. Si eso sucediera, la Intifada palestina se reanimará, la revolución árabe ganará otros países norafricanos y asiáticos y habrá que ver qué hace Israel, a cuál aventura salvaje se prepara con el apoyo de Washington, pues los dos están sufriendo un durísimo golpe, propinado por el pueblo egipcio movilizado y de pie.

Guillermo Almeyra es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

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