De García Márquez y los cabos sueltos

Por Estuardo Galdámez

Siempre he dicho que una de mis novelas favoritas de juventud es Cien años de soledad, pero Gabriel García Márquez me parecía algo árido si no se ubicaba en Macondo. Sus libros de cuentos me hacían retornar una y otra vez a la familia Buendía y siempre me quedaba una desazón extraña.

El Coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento, la bisabuela de Úrsula sentándose en el fogón encendido, José Arcadio huyendo con los gitanos, Melquiades prediciendo el futuro, Remedios la bella subiendo al cielo, Fernanda encerrando a Meme en un convento, Amaranta engañando a la muerte, Aureliano Babilonia engendrando con su tía la pesadilla de Úrsula Iguarán, todos estos personajes y hechos extraordinarios (y algunos otros más) bastan para conformar una historia intrincada pero entretenida, llena de magia confundida con lo cotidiano. No notamos, entonces, el sinnúmero de cabos sueltos que deja este premio nobel y el poco desarrollo de algunos personajes que, a una primera lectura, podrían denotarse como descuidos y que, al final, al autor no parece importarle.

No fue sino hasta después de una década de reencuentros y desencuentros con este autor cuando, al fin, descubrí algo que siempre estuvo frente a mis ojos: García Márquez es un pulidor riguroso. Dentro de cada cuento que gira alrededor de Macondo se encuentran elementos que complementan, bordan y acaban ese mítico pueblo fundado en la selva y consumido por un tornado apocalíptico.

Es obvia la referencia de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada que aparece brevemente en los primeros capítulos de Cien años de Soledad, y de la vieja viuda Rebeca, que es protagonista de varios cuentos aparecidos en Los funerales de la Mamá Grande, y sus similitudes con aquella huérfana que lleva la enfermedad del insomnio a Macondo y que cuando perdía el control se comía la cal de las paredes.

Fue justamente Rebeca quien me hiciera atar cabos sueltos de Cien años de Soledad. José Arcadio, quien se termina casando con su supuesta hermana, muere de forma misteriosa: un balazo lo atraviesa y el chorro de sangre viaja varias cuadras, dobla esquinas y franquea algunos obstáculos hasta llegar justo frente a su madre. Todas las sospechas caen en su esposa, Rebeca, quien se vuelve una vieja amargada y ermitaña.

En La siesta del martes, una mujer y su hija llegan a Macondo a reclamar el cuerpo de un joven, un supuesto ladrón. La viuda Rebeca le había disparado a quemarropa cuando él trataba de entrar a su casa. Nos dice el narrador que la vieja Rebeca nunca antes había disparado un arma. Un cabo suelto menos: Rebeca no mató a su marido en Cien años de soledad ya que nunca antes había disparado un arma. García Márquez nos ha dado la prueba y no nos queda más remedio que exonerar de toda culpa a este maravilloso personaje.

Si tomamos las obras completas de Márquez y las leemos, pero no superficialmente, sino como si fuéramos un detective buscando pistas, con una actitud de sospecha (actitud que un día un gran escritor y maestro me aconsejó usar siempre con cada historia que leyera) tendremos un entretenido pasatiempo que nos ayudará a comprender de mejor manera a este genio literario.

García Márquez nos ha dejado un intrincado reto, así, casi como los juegos formales de Cortázar, donde tenemos que buscar todas esas pistas y enigmas que nos completen ese mundo cotidiano, real y mágico a la vez. Yo he aceptado el reto y, hasta entonces, pude comprender que Márquez no es árido en ninguna parte, ni siquiera en sus novelas periodísticas, y mucho menos en aquellas que supuestamente se notan descuidadas.

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