La expiación de Dios

René Estuardo Galdámez /PúblicoGT

Hace algunos años ya, tuve mi primer encuentro con la historia que Ian McEwan nos contara magistralmente en su novela Expiación. Una película se había filmado y la Academia de las Ciencias Cinematográficas la enarbolaba como una de las mejores películas de ese año y con justa razón. Una buena dirección, muy buenos actores, una cinematografía de primera, una muy buena adaptación y una maravillosa música original se conjugaban en esta memorable película del 2007.

Pero no fue sino hasta hace pocos meses que tuve la oportunidad de leer la novela y me encontré enredado y perdido en un intrincado laberinto de malos entendidos donde el humor y la tragedia se unen y, a veces, se confunden. Sutilmente me fui encontrando en una novela compuesta por muchas otras de distintos géneros; el autor salta de una historia de amor al estilo de Jane Austen a una comedia de costumbres al estilo de Oscar Wilde, luego a una durísima novela de guerra y, al final, sin que casi me diera cuenta, me encontré en una novela dentro de otra llena de giros y trampas donde me fue inevitable caer.

Todo esto quedaría en un mero ejercicio formal si el autor no fuera más profundo (pero este no es el caso) y nos presentara un estudio del ser humano con sus defectos y virtudes, deseos y frustraciones, pecados y expiaciones. Desde los primeros capítulos comencé a notar el alto contenido humano de esta interesante novela. McEwan nos interna en ese complejo laberinto de puntos de vista y nos hace reflexionar lo limitado de nuestra visión de las cosas y de cómo, a veces, esas limitaciones nos traicionan destruyendo aquello que más amamos.

La historia se centra en el encuentro amoroso de Cecilia y Robbie, ese encuentro que los transporta de la inocencia al mundo de las pasiones. Sin embargo es Briony Tallis, la hermana pequeña de Cecilia quien carga con todo el peso de la trama. Es el personaje más complejo y del que más llegamos a conocer, su punto de vista es el que hace que la novela se mueva en intrincadas y oscuras zonas. Ella crece con la novela y va mutando también y así, vemos como la gran estructura de cajas chinas y de novelas dentro de novelas que Ian McEwan ha construido, afecta directamente a la protagonista y sin embargo, no importa si es en 1935 o 1999 seguimos reconociendo a Briony, seguimos odiándola y, al mismo tiempo, amándola. ¿Y cómo no amarla? No podemos evitar sentir ternura por una pequeña niña que se tira a un estanque sin saber nadar sólo para ver si el objeto de su afecto la salva, o sentir empatía con la joven enfermera que consuela a un soldado adolescente a punto de morir, o compasión por una anciana que apenas y puede vivir con el peso de la culpa. Briony, más que una victimaria, es el producto de varios factores que son criticados por esta novela, la sociedad, la moralidad, las apariencias y las clases sociales, son algunos ejemplos.

Al terminar el último capítulo, después de caer en algunas trampas y sorprenderme en el giro final de la trama, una extraña mezcla de tristeza y satisfacción me invadió. Acababa de terminar una verdadera obra maestra, había terminado un libro hermosamente hilvanado, doloroso, sutil y grandioso a la vez, absolutamente original y con un pesimismo sublime que sólo puede ser rematado con esa pequeña pero potente frase: “No hay expiación para Dios”.

Ahora que hojeo de vez en cuando este libro que guardo con cariño en mi biblioteca no puedo más que reflexionar y preguntarme: En un mundo donde ni siquiera hay expiación para Dios, ¿qué puede esperar el ser humano?

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