Historias violentas, para un país violento

Por José García Noval /PúblicoGT

No fui testigo. No vi el rostro de la niña ni su cuerpecito emaciado y desnudo. La historia me la contaron. Pero no importa, es como si la hubiese tenido frente a mí. Me han contado tantas historias y, sobre todo, he visto tantos rostros marcados con expresiones, o inexpresiones, difíciles de describir. Hay dolor, desde luego, aunque de verdad no siempre es evidente. A veces la tristeza parece ser dominada por la perplejidad; en otras, no hay ningún asombro, su lugar ha sido cedido a la ausencia.

La niña fue acompañada por mi colega y un abogado para ser evaluada en el hospital. Iba encogida como queriendo regresar al cascarón de un huevo imaginario, quizás a la nada previa a su concepción. En todo caso, su retorno no podría ser a un vientre materno que debió anunciar la hostilidad del mundo. El médico le pide que se desnude para examinarla; la ropa interior era un par de trapos cosidos por ella misma, una niña de 12 años. Una fugaz mirada de la condición humana de la niña fue suficiente para percibir la miseria total. La niña había sido violada al cansancio por el padrastro, un hombre de 50 años, campesino de aspecto sucio y desagradable. Un hombre que parecía no inmutarse por la presencia del fiscal y de la psiquiatra que llegaron de manera intempestiva a la “casa”… (rancho de mala muerte donde vivía ese hombre, su mujer y la niña)

La sorpresa de los visitantes no fue el aspecto repulsivo del sujeto, fenómeno frecuente, aunque no total entre los hombres acusados del tan frecuente como estremecedor delito de brutalidad sexual. Tampoco la actitud de la  madre, una mujer de 36 años, fue del todo sorpresiva. La defensa del marido por parte de la mujer no es hallazgo excepcional en los casos judiciales (y más allá de ellos). No obstante, este caso ofrece características pasmosas: la madre se opone con furia al ingreso de los funcionarios. Primero,  se desnuda frente a la puerta y procede a bañarse en una tina colocada casi a la entrada de la casa,  como en una contradictoria y cínica demanda simbólica al imperativo del pudor. Luego, enterada de “sus derechos” y con decidida soltura, solicita la orden de juez competente.  Los funcionarios en esa ocasión se retiran.

La actitud del tío y su esposa es la contraparte humana, la de la sensibilidad y la congoja no disimulada.  Es el hermano de la mujer, más agobiado que colérico por la suerte de la niña, quien decide denunciar el caso. El hombre, también de origen campesino, hoy pastor evangélico y pobre de solemnidad –que dice vivir de lo que le da Dios y la buena gente- quiere llevarse a la niña a su casa aunque él tenga que dormir en el suelo, dice su esposa  compadecida. Quizás esa sea la mejor suerte para la niña huraña. El proceso está en marcha.

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