El hijo del Ángel

Por Crosby Girón

Para cuando deje este terruño ya se habrán muerto todos los grandes nombres de hoy, tal vez yo mismo habré muerto. A veces con temor trato de no responderme si en verdad no estoy muerto ya. Tal vez así sea mejor. Siempre es mejor un camino limpio de historias y de grandes personajes. La primera vez que supe algo de la historia que debo contarles, tenía, a lo sumo, unos cuatro años de edad. Tenía un cigarro en la boca y todos se reían de mí porque en verdad causaba mucha gracia. Escuché sobre la muerte de un señor al que le habían cortado los genitales y se los habían puesto en la boca, por supuesto que las palabras que escuché fueron diferentes, algo así como “le cortaron la verga y se la pusieron en el hocico”. Hasta allí. Pero eso era sólo la punta del iceberg. Bajo el significado de aquellas palabras, estaban muchas cosas mezcladas.

El señor se llamaba Ángel no sé qué apellido. De niño se había criado en la calle, era un ladronzuelo muerto de hambre, un fisgón de faldas, un niño sucio que inspiraba desconfianza. Con lo que pudo fue creciendo. Nadie lo vejó mas allá de lo normal, lo más trágico que le pasó fue que un día uno de los muchachos en una borrachera, le dio una paliza mediana cuya justificación fue que el pícaro había arrinconado a su hermana en uno de los callejones. Esa noche la pasó mal. Estaba lloviendo y le rompieron la boca, lo revolcaron en el fango y no pudo más que soportarlo. Al día siguiente no le vieron como siempre, vagando en la calle. Salió hasta el medio día y andaba como si nada hubiese pasado. La mamá del que lo golpeó y de cuyo nombre no tengo registro, se disculpó con él y le dio algo de comer. Dijo que todo había sido una exageración.

Nadie vio ningún rencor en él y todos olvidaron el incidente. Era un muchacho inquieto. Andaba descalzo a veces y en otras ocasiones usaba unos tenis viejos para jugar al fútbol. Nadie lo apreciaba pero la mayoría lo aceptaba como por no tener alternativa.

Pasaba todo el día en las calles. Se decía que si alguien conocía todos los rincones de ese lugar era precisamente él. Muchas señoras le encargaban pequeñas labores como juntar algo de leña o ir a tirar la basura. Allí pasaba largas horas revolviendo las porquerías de donde sacaba pequeños artículos aprovechables para sus ocurrencias infantiles. Hubo un tiempo en que siempre se acompañaba de algún perro. Hay una anécdota que contó su propia madre algún tiempo después y sólo a pocas personas. Y es que el perro una vez sacó de la basura una bolsa extraña, bien amarrada, de la que obtuvieron el almuerzo de la familia. En sus momentos de soledad debió llorar más de una vez. Quizá en medio de la basura encontraba un espacio para hacerse las preguntas que todo el mundo se hace en alguna etapa de la niñez. Rara vez se bañaba. Cuando lo hacía, no jugaba fútbol ni dejaba que se le acercaran sus perros, trataba de saludar a todos para que sintieran su agradable aroma a jabón. Hablaba siempre en un tono muy alto, era muy difícil no reconocer su voz desde dentro de las casas de la aldea. También tenía pasión por adentrarse en las arboledas. Cuando regresaba, empezaba a contarle a los más pequeños, todo aquello que había visto y encontrado en sus caminatas. Regresaba entusiasmado y con los pies sangrando. Mucho de él se quedaba entre los matorrales. Siempre se acostaba muy tarde. Gustaba de ver el cielo. Siempre veía el cielo antes de acostarse. Le daba un beso a su madre y se tiraba en unos trapos que extendía sobre el suelo donde la mayoría de las veces tenía un sueño intranquilo y profundo. Su mama nunca le pegó. Su papá le pegaba por los dos, pero cuando se murió ya nadie le ponía la mano encima de no ser alguna riña ocasional que tuviera en el juego. Quería ser cartero. A algunos les dijo que cuando creciera se haría narcotraficante. Nunca hizo ninguna de esas cosas. No era muy alto, su piel era oscura. Tenía los pies grandes y tiesos al igual que sus manos pobladas de callos. Fue a la escuela algunos años. Aprendió a leer y a escribir y a los diez dejó la escuela para siempre. Miento, la escuela la visitó asiduamente años más tarde aunque no para estudiar precisamente. Le veían tanto que con el tiempo se fue convirtiendo en calle, en árbol, en poste de luz, en perro, en caca de perro. Debo añadir que la escuela la dejó por razones ajenas a su voluntad. Empezó a espiar el baño de niñas luego a levantarles la falda en pleno recreo, al final cuando lo encontró una maestra fumando detrás de un aula, le agarró las dos tetas a la maestra, ésta, quiso aquietarlo pero él dejó la escuela para siempre. Desapareció durante algún tiempo. Se había ido. Se había largado.

Mucho de su historia se pierde en esos años.

Al volver, su voz era otra, su estatura, su mirada, su manera de hablar, su actitud. Ya no saludaba a los adultos con sorna, ahora simplemente no los saludaba, solo los veía con la mirada retadora. Era una mirada que pocos sostenían. Ahora tendría quizás unos quince años. Sus años le habían conferido algunas experiencias mundanas. Se aficionó a la bebida, frecuentó prostitutas, usó todas las drogas que pudo, experimentó con su homosexualidad, y estaba en negocios oscuros. Pero su más oscuro vicio aún no se descubría. Ahora vestía diferente, con zapatos enormes (tal vez eso obedecía a sus enormes pies) usaba una enorme argolla de plata en su oreja derecha. Se pintaba los labios de colores cálidos y tenues. Ocasionalmente usaba alguna camisa de seda con mangas grandes y de colores frutales. Se peinaba hacia atrás. Y nunca cambió el tono de su voz, grave, fuerte y agresivo. Gustaba de robar relojes a los transeúntes, cadenas, aretes y hasta frutas en los puestos del mercado. Andaba un puñal de plata escondido en el pantalón. Se supo que muchas veces por no decir todas, que fue a alguna cantina de mala muerte, se metió a zafarranchos de calibre grueso. Adquirió enemigos y enemigos. Casi como cualquiera de nosotros. Pero éstos deseaban matarle o torturarle. Andaba a mansalva y sin aliados. La primera vez que mató fue algo terrible, no por matar, sino por matar a un amigo de infancia. El chico no quiso “hacer paro” y se rajó del todo. Error fatal, le ordenaron acuchillarle. Ya estaba casi muerto o inconsciente por la paliza pero él tuvo que dar la estocada final. Le cortó el cuello. Allí se quedó el flacucho cuerpo, sucio de sangre y polvo. En su mente había poco espacio para ese recuerdo. Las otras muertes no tuvieron ninguna importancia. Por conveniencia y por dolor no habló con nadie de este suceso nunca. A pesar de todas esas cosas sórdidas de las que estaba rodeada su vida, no perdía el afecto de los más pequeños. Siempre les estaba contando historias de sus viajes por los bosques. Un día, varios de ellos quisieron acompañarle. El se negó rotundamente y se fue solo. Sin embargo los chiquillos lo siguieron, eran tres, tenían entre seis y ocho años. Al poco rato ya estaban bastante alejados de cualquier casa. Le veían hablar con todo, con pájaros, árboles, con su machete, con sus manos. De pronto ya no supieron ver el camino de vuelta. Así que le hablaron. El se sorprendió y les pregunto que qué putas estaban haciendo allí. Le respondieron que querían acompañarlo. Les dijo que era peligroso andar por allí y más aún, andar allí cuando él estaba cerca de ellos, que se fueran o se los iba a chimar.

Uno de ellos, el más grande, se rió. Y los otros le corearon la risa. Los volvió a ver con violencia pero con astucia ocultó sus macabras intenciones. Le dijo al mayor que le ayudara a sacar una trampa de ardillas que tenía escondida más adelante, pero que fuera solo él y que los otros se quedaran allí esperando y que si no obedecían les iba a dar una gran cogida. Se volvieron a reír y él se llevó al chico mayor. Caminaron como doscientos metros y empezó a quitarle la ropa al niño. Con la navaja lo amenazó, luego lo ultrajo casi salvajemente, si gritas te mato patojo cerote, le dijo. De regreso le advirtió que si alguien sabía de eso lo mataría a él y a su familia, con esto el chico debió callarse. Cuando volvieron a las casas les dijo que podían venir con él al día siguiente y le apretó el brazo al que había violado. Contar estas cosas no es nada fácil. Tratar de imaginar el dolor y el miedo de ese niño no es ningún ejercicio simple. Al día siguiente no fueron a ningún lado porque él no andaba por la aldea.

Pero tres días más tarde los llevó al mismo sitio pero esta vez cambió de víctima y se llevó al menor. Y cometió los mismos errores. Ya en su casa, pidió de comer, su madre lo veía y pensaba para sus adentros, que su hijo podía ser en ocasiones muy compasivo, que tenía buenos sentimientos. Al masticar, no tenía en la mente a sus pequeñas víctimas, desaparecieron por completo. Ni siquiera se había lavado las manos. Los niños por su parte, no sabían qué hacer. Gerardo el mayor empezó a sentir una especie de protección por parte de Ángel. Era difícil explicarlo. Si Ángel le hacia todas esas cosas era porque ellos habían tenido la culpa se decía a sí mismo. Pero le estaba enseñando cosas muy interesantes, cosas que ni su padre le enseñaba, a hacer trampas para ardillas, a matar lagartijas con pequeños sebos envenenados y a mutilar insectos.

El segundo chico que se llamaba José, ya no se juntó con ellos pero tampoco fue víctima, simplemente se apartó. El más pequeño solo callaba, pero en su corazón germinaba el dolor transformándose sin él saberlo en odio. Últimamente el propio Gerardo era quien buscaba a este engendro para realizar juntos un sinfín de actividades montaraces y otras tantas ilícitas. Andrés, que era el nombre del más pequeño, fue la próxima víctima. Llegaron al lugar previamente convenido con Gerardo y él. Gerardo se quitó la ropa y estando desnudo le dijo a Andrés que hiciera lo mismo. Andrés se negó, pero Gerardo hubo de convencerlo. Al poco rato llegó Ángel, tenía los ojos desencajados y un trozo de guipe en la mano. Sacó su puñal, lo puso en el cuello de Andrés y empezó su despiadada tarea. Gerardo le dijo que no fuera tan pura mierda, quería hacerle entender, que fuera más tranquilo y que el pequeño no opondría mucha resistencia. Ángel lo desoyó, al terminar corrió junto a Gerardo y le cortó en la espalda, amenazante y furioso, si algo se llega a saber te voy a matar pequeño hijo de cien mil putas y luego le voy a cortar el cuello a tu madre después de habérmela cogido y me voy a matar ¿oíste? Fueron sus palabras. Gerardo temblaba de terror viendo como el pequeño Andrés lloraba e intentaba vestirse mientras su rostro reflejaba la vergüenza y dolor por la humillación. Ángel empezó a llorar. Decía para sí mismo que esto no estaba bien que él quería hacer lo bueno y que Dios nunca lo iba a perdonar. Gerardo se le acercó para decirle que no llorara y que ellos nunca iban a decir nada. Entonces ángel lo abrazó y lo acarició. Luego le hizo el amor.

2

Después de eso, pasaron varios días sin verse. Pero Gerardo hubo de hablar con Andrés. No le vayás a decir a nadie, Ángel no es malo, lo que pasa es que él está muy triste, le dijo. Pero a mí me duele mucho el culo replicó el pequeño, y a vos, te cortó con su cuchillo. No, él lo hace porque me quiere, además a él no le gusta lastimarme, eso me lo hizo porque estaba asustado de que vos fueras a decir algo. El ya me pidió perdón por eso. Verdad que no vas a decir nada preguntaba Gerardo con ansiedad. No, dijo el pequeñín. Gerardo experimentaba una confusa sensación acerca de Ángel. Al principio pensaba que lo que le hacía era muy malo. Pero conforme se fue acostumbrando, le parecía extrañamente satisfactorio. Hubo una vez en que él mismo le pidió que hiciera aquello con él, se lo dijo con una febrilidad delirante, casi iba a cumplir los nueve y Ángel rondaba perennemente por su cabeza y sus sueños. Ángel por su parte, nunca le pidió perdón, cuando hubo visto que Gerardo había tomado gusto por la violación, empezó a usar la frase, “hacer el amor”, y a Gerardo le agradaba mucho que él la dijera. Cuando Ángel cumplió sus doce, un tío suyo lo había violado también, aunque él si guardaba un recuerdo muy doloroso de aquella experiencia. Porque su tío estaba muy borracho y además lo había golpeado sin misericordia, y cuando lo hacía con Andrés o Gerardo, a su mente volvían aquellas imágenes y tan solo esperaba terminar para luego mostrar ante los dos pequeños todo su dolor en abundantes lágrimas.

Sin embargo, aquello no duró para siempre. Meses después, Andrés se fue a vivir a otro poblado lejos de allí y tan sólo pudo llevarse de todo aquello, el recuerdo del dolor que siempre le dejaba en el culo. Gerardo por su parte fue abandonado temporalmente por Ángel que se había ido al puerto a trabajar con unos amigos. Y en el transcurso de los próximos años, su enfermiza afición por Ángel se perdió y su núbil mente se acongojaba por el desprecio que constantemente le mostraba su papá. Cuando cumplió los dieciocho, ya en el ejército, fue muerto en un absurdo combate en medio de las montañas. Los crímenes de Ángel con estos dos pequeños quedaron impunes y Ángel nunca más recordó haberlos perpetrado. En el puerto, Ángel fue reclutado por una banda de narcotraficantes, pero a él nunca lo consideraban parte de ella. Fue lo más cerca que estuvo Ángel de convertirse en narcotraficante. Durante estos años, se pierden los registros de las actividades de Ángel. Aunque no es difícil suponer que se ocupaba de tareas como de cholero y soplón. Fue por eso que tuvo que regresar al cabo de los años a su aldea natal. A pesar de que volvió a estar cerca de Gerardo nunca volvieron a encontrarse. Y tal vez los años ya los habían cambiado a ambos. Fue en esta temporada precisamente en la que Ángel pareció dar progresos en cuanto a su relación con el resto de la sociedad que lo rodeaba. Se enamoró de una muchacha que era sirvienta de una casa de ricos. En verdad no eran ricos como tal, sino más bien tenían la comodidad de poder pagar una empleada doméstica. Ella se llamaba Adriana. Era una jovencita de veintidós años. Morena de ojos negros, cabellera negra y brillante. No tenía padres. Había llegado hasta allí por la caridad de mucha gente. Cuando ella vio por primera vez a ese Ángel de piel oscura y encrespado cabello, pensó que nunca iba a poder estar con él, pues sus patrones nunca la dejaban salir a la calle a no ser para las tareas cotidianas y siempre en horas públicas. Como ella nunca había tenido ni un novio, se contentaba con ver día a día, las mismas novelas que veía doña Claudia en la Tv. Allí aprendió a besar mentalmente. Allí entregó todas sus ganas al Ángel de sus pensamientos.

Doña Claudia podía ver que su empleada empezaba a sentir el enclaustro. Pero ella no quería que esa buena muchacha fuera víctima de algún vago de esos buenos para nada. Como su esposo vivía en los estados desde hacía mucho, ella también experimentaba la soledad de su cuerpo. Le aconsejaba mucho, le decía que ella misma le conseguiría un muchacho de buenas costumbres y trabajador. Lo que no sabía doña Claudia es que Adriana ya había estado desnuda en los brazos de Ángel en el más húmedo de sus sueños de mujer sin experiencias carnales. En su reducido mundo, Ángel, ignorante de esas historias nocturnas, era el único habitante. Además, Adriana no ignoraba las grandes chimadas que un día le dio a su patrona un joven que había llegado en una ocasión que a ella le tocaba descanso. No quiso salir y se quedó en su cuarto, cuando salió a eso de las once de la mañana, se encontró con una doña Claudia totalmente desinhibida y gritando la frase: ¡chímame, chímame papaíto, chímame porque me muero de calentura! ¡Métemela, métemela más! Dos semanas después, doña Claudia se sintió mal y la mandó a la farmacia a comprar algo que ella llevaba escrito en un papel.

Esa fue la noche mejor para Adriana. Se encontró con un Ángel totalmente dopado en la orilla de una calle aledaña. A pesar que nunca le había hablado, sintió pena por él al verlo allí tirado en medio de la noche. Se acercó y le preguntó si se sentía bien.

Ángel se levanto de su vidrioso letargo y apenas reconociendo a una mujer le dijo que estaría mejor si ella le daba un beso. Adriana sintió como si alguien la tocara en sus partes, y se sonrojó. Ángel la abrazó casi como para no caerse y le buscó la boca.

La besó salvajemente como nunca antes la habían besado, ella abrió lo más que pudo su boca y en ella entró la despiadada lengua intrusa del añorado hombre de sus sueños.

Ella misma lo jaló a un rincón oscuro y le fue quitando la ropa. Ángel la amó durante ocho o nueve minutos en los que ella soportó con mucho amor el dolor de su desfloración. Enseguida ella, aún manchada de sangre y semen, se subió el calzón y se fue corriendo para la casa. Ángel difícilmente recordaría el episodio al día siguiente.

3

Tres horas después, se encontró Ángel tirado a la orilla del camino y con los pantalones abajo. Visualizó ciertos recuerdos, se vistió y se fue a su casa. Se acostó después de ver el cielo unos minutos y quedó profundamente dormido. Adriana llegó esa noche, dejó la caja de la farmacia sobre la mesa y avisó a doña Claudia que se iba a dormir. Entró al baño y se lavó la vagina ensangrentada, rota y feliz. Se cambió de ropa y se durmió. Quizás fue su mejor sueño. Al día siguiente, Ángel inhaló thiner desde horas de la mañana, inhaló más de lo que nunca había inhalado antes. De pronto sintió deseos de liberarse, de caminar más allá del cuerpo. Se dirigió hacia la calzada, donde pasaban los camiones del ejército. Se ocultó entre unos matorrales y esperó. Un camión venía a gran velocidad. Cuando estuvo cerca, se arrojó hacia el vehículo. Nadie lo vio, ni siquiera el conductor y si tal vez lo vio, no era relevante. Salió volando por los aires. Sangró por la boca y la nariz. Empolvado, fracturado e infeliz, se quedó dos días entre el charco de su anhelo de muerte. De su existencia saturada de sin sentidos.

Nadie le ayudó a levantarse e irse para su casa, nadie se enteró de sus fracturas más que su madre, que lo acostó y cuidó hasta que los humores del thiner pasaron y él le contó todo lo que había pasado. Se había roto tres costillas y las narices del vergazo. Pero al fin y al cabo, a nadie le importaba. Durante los días de su convalecencia, pensó mucho en el cielo. También evaluó las posibilidades de irse al infierno. El peso de su adolescencia muerta a pedradas nunca podría abandonarle, anhelaba la muerte más que cualquier cosa, estaba dispuesto a matar con tal de conquistar los reinos añorados de su desaparición total. Un día pensó, en medio de los delirios del dolor de sus costillas rotas, matar a su madre y comérsela a pedazos, le pedía a gritos los wipes con thiner, que eran lo único que podía sosegarlo. Su madre siempre se los dio, pues sabía que el dolor que sentía era parecido a una inexistencia tan terrible y dolorosa que ni por su mente pasaban estas palabras. Dos meses después de aquello, pudo levantarse. Se dirigió a la calle, tambaleante, encontró una niña como de cuatro años jugando solita.

Le tapó la boca y la llevó lo más lejos posible a los bosques de su infancia.

La desnudó con premura, intentó vanamente penetrarla, usó su puñal de plata para cortarle los genitales, de donde brotó la sangre de la infante inocente, introdujo su pene hasta eyacular y luego la mordió en distintas partes de su diminuto cuerpo. Como la había amordazado, sus gritos fueron ahogados por el wipe. Luego de verificar que aun vivía, la dejó tirada. Se quedó en medio de la calle. Esperando la furia.

Cuando encontraron a la niña llorando y sangrando, lo agarraron y se lo llevaron los hombres de la aldea con rumbo desconocido. Nadie más que él podía ser el autor de ese macabro y negro crimen. Ese día negro muy pocos lo olvidan y también muy pocos lo comentan, pero nunca antes se había visto la cara de la furia en su estado más puro.

Bajo el sol, brillaban los machetes, los palos y los hombres. Sólo la policía lo pudo salvar. Su madre pagó la fianza, y lo envió a su tierra natal, en donde nadie pudiera encontrarlo. Sin embargo, lo que su mamá no sabía, es que la indignación, tenía el mejor olfato del mundo. A los veinte días de estar en la casa de sus abuelos, lo llegaron a buscar. Que sí vive aquí pero que ahorita no está, que salió. Pues que lo esperamos.

Que llamó para decir que había dejado el pueblo. Que lo sacan o lo sacan porque empezamos a sacar tripas. Va pues. Los abuelos no pudieron defenderlo. Le sacaron la mierda durante algunas horas. No dejaban de verguiarlo. Alguien dijo “Ningún hombre debe de ser taleguiado así, pero este desgraciado se merecía más”.

Después le cortaron las manos, le cortaron los pies, le cortaron la verga y se la pusieron en el hocico al ijoecienmilputas. Le sacaron las tripas y lo tiraron en una zanja y allí lo encontró de nuevo la policía. Nadie estaba dispuesto a defenderlo ni con un comentario, porque le hubieran quebrado el culo allí mismo. No dejaron tampoco que se lo llevaran luego, toda la gente que quisiera verlo podía ir y la policía no debía impedirlo. Como a las tres de la tarde lo pudieron levantar los forenses, y los jueces de inmediato cerraron el caso. Su mamá llegó a pedir los restos y se los dieron de mala gana.

Una funeraria de lejos fue la única que se atrevió a sepultarlo. Como nadie los conocía por allí, nadie se les opuso cuando fueron a traer ese cuerpo mutilado y odiado por todos. Lo enterraron en donde sólo su madre sabía porque si alguien lo averigua, lo van a sacar y lo rematan.

Yo ahora tengo treinta años y recién me he enterado que soy hijo del Ángel, a pesar que cuando yo escuché por primera vez la historia, tenía como cuatro años y un cigarro en mi boca y era motivo de las más exageradas risas, hasta ahora me dan esta cuchillada.

Mi mama, la Adriana, se casó con un señor que la hizo puta después de haber sido su mujer. Yo soy sastre, ésta historia me la contó una señora que me conoce de muchos años y que siempre fue benigna y extraña conmigo, me dijo que no podía morir sin decirme la verdad. Yo creo que debió haberse muerto sin decirme nada y callarse ésta fábula enfermiza que no termina de convencerme. Que no podrá convencerme nunca. Sin embargo, contarla es un alivio y comprendo a ésta pobre señora que probablemente siempre vio en mí la sombra tenebrosa del Ángel y quiso vomitarme con su historia.

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