Somos lo que somos

Javier Solis

Una de las excrecencias del descubrimiento del cuerpo humano en la cultura contemporánea es la pornografía. No sólo es una práctica del sexo sin emoción y aún más, sin amor, a nivel animal, sin humasnismo. Es también la expresión más fuerte de la reducción de la mujer, de todas las mujeres, a la condición de cosa, de objeto del placer patriarcal. Es una verdadera plaga. Llega a tu computadora por correos “spam” y se cuela en cualquier rendija de la libertad. En la pequeña e hipócrita Costa Rica también. La empresa de televisión por cable Amnet ofrece en su paquete digital hasta seis canales simultáneos de pornografía dura los fines de semana. Ahora también el criollísimo Canal Extra. Los llaman “programas para adultos” en “horarios nocturnos”, pero hoy los niños y adolescentes salen, no llegan, de fiesta a media noche. Ya no existen horarios para adultos.

Por fortuna, el cuerpo humano ya no es la cárcel del espíritu que hay que dominar y destruir, como enseñó San Agustín. Sólo alguna secta -católica- patriarcal,monárquica y misógina, lo sostiene todavía como fuente de su poder de dominación sobre los creyentes ignorantes. Pero se van quedando solos y se están convirtiendo en un museo antropológico.

La sexualidad también va abandonando su lugar de simple mecanismo reproductivo, como en los conejos, por ejemplo, para convertirse en una vivencia humana compartida, fuente de placer, y encuentro fuerte entre personas. Sin prejuicios de asco, de suciedad, de prohibición, de “pecaminoso”, de degradante ni de instrumento de dominación de uno sobre otra u otro.

Como en la pornografía, el cuerpo mercantilizado ha sido sometido a reglas y conceptos estéticos degradantes. La industria de la apariencia física, de la moda y del esteticismo engañan a mujeres y hombres con falsos valores, para venderles ilusiones. Vender, hacer dinero, engañar, mentir, mortificar, no para tener un mejor estado de ánimo, mejor salud o condición física y ser más felices, sino simplemente para ganar dinero.

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