Una vida entera como guadalupana

Por: Ivy Contreras/PublicoGT

Doña Andrea es una señora que toda su vida ha pasado venerando a la Virgen de Guadalupe. Su amor por la virgen comenzó “de recién nacida” cuenta la guadalupana,  “cuando mi mamá dio a luz, nací sin vida. El doctor dijo que lo sentía pero ya nada podía hacer por mí y me pronunció muerta”.

El médico le regaló sus servicios a los padres de doña Andrea para que con ese dinero pagaran los gastos fúnebres de la niña.  Ellos cargaron con la bebé inerte desde la clínica del doctor en la zona 6 hasta la Catedral Metropolitana. Al llegar al atrio colocaron el cuerpecito frente un pequeño cuadro de la Virgen de Guadalupe y se hizo el milagro. “Pasé más de media hora sin vida, hasta daño cerebral pude tener, pero algo necesitaba de mí la virgencita que me tiene aquí”.

“Mi mamá siempre me decía que le debía la vida a la virgencita y eso nunca se me olvida, por eso desde que tuve cómo empecé a agradecerle” comenta doña Andrea.  Por eso todos los años le reza una novena a la patrona de América y el 12 de diciembre le lleva serenata a las cinco de la mañana, continúa con la procesión por la colonia, misa en su domicilio y de cierre fiesta con mariachis donde invita a todos los que deseen compartir su fe.

Todos los gastos, desde el cafecito y el pan para las rezadoras de la novena, hasta las flores del altar, los tamales y mariachis de la fiesta, salen de la bolsa de doña Andrea. “Gracias a Dios no me falta nada y los centavitos que me sobran son mitad para ella (señalando con la vista la imagen de la virgen) y la otra mitad para mí. Así nos vamos todo el año y para mí es una alegría poder hacerlo” comenta con los ojos iluminados nuestro personaje.

Toda la familia se involucra en la celebración. Y que familión, con dos hijos y 5 hijas (una de ellas ya fallecida) los nietos se han multiplicado y todos son guadalupanos. Una de sus hijas le regaló una pintura de la Virgen, que ya sobrevivió milagrosamente un incendio. “Todo se consumió por las llamas,  pero al cuadro no le pasó nada y eso que está protegido con plástico” narra orgullosa la devota.

Años anteriores había show de luces, pero este año ya no lo pudieron hacer porque los vecinos se quejaron. “Va a creer usted que se quejaron del ruido de los juegos pirotécnicos, cuando ellos (refiriéndose a sus vecinos evangélicos) se la pasan con su bulla cada ocho” dice molesta doña Andrea. Y es que en ésta colonia en promedio hay una iglesia evangélica en cada cuadra (en la de ella hay 3 iglesias), son muy pocos los católicos y muchos menos los católicos activos.

De hecho, la imagen de la Virgen se expone en un altar fuera de la casa desde el 11 de diciembre para amanecer 12. Doña Andrea y su familia velan, a pesar de las bajas temperaturas. “Yo no la dejo afuera solita, me da miedo que me la roben o los evangélicos fanáticos le hagan algo. Cada quién tiene derecho a llevar su fé como quiera, pero hay algunos que no respetan” declara la fiel católica.

Mi vecina, doña Andrea, es de las católicas “en peligro de extinción” en Pinares del Lago, la colonia donde residimos. Según esta abnegada mujer, la segregación que existe “es culpa de los mismos católicos que no buscan ayudar al prójimo, ni están pendiente de quién necesita de palabras de vida, en cambio los evangélicos aprovechan cualquier oportunidad para jalarlo a uno.”

No se sabe exactamente por qué la Virgen de Guadalupe le devolvió la vida a aquella bebé hace ya muchos años, pero mientras tenga vida seguirá agradeciendo, por eso y muchísimas cosas más. Y así, continuará compartiendo su amor por la patrona de América Latina.

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